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Editada por Didáctica Ambiental S.L.
Año 3 - nº 5. noviembre - 2006
ISSN: 1698-5893

Islandia

José Gutiérrez López

Había una vez un país pequeño y singular, un país diferente a los demás. Un país que, pese a ser distinto, no estaba siendo invadido, expoliado o maltratado por otros países. Un país situado cerca del Círculo Polar Ártico, pero que, lejos de ser helador, combinaba con equilibrio el hielo y el calor procedente del interior de la Tierra. Un territorio cuyas fronteras quedaban configuradas por sus costas. Una gran isla en definitiva, con inmensos glaciares, inagotable reserva de agua dulce, e islotes emergentes que nacen por sí solos y a los que se puede observar colonizarse de flora y fauna. Un hábitat utilizado por las ballenas. Aquel país, quizá por su juventud, por sus menos de cien años de historia oficial como nación independiente, fue el primer lugar del mundo donde la población democráticamente prefirió elegir a una mujer como máximo representante del gobierno. También fue allí donde una adolescente desafió al gobierno nacional y a toda una multinacional de la energía y consiguió detener la destrucción de lo que hoy es un hito natural y espiritual de la nación y del ecologismo internacional. Sus habitantes, como no podría ser de otra manera, resultan gentes peculiares, gentes que adoran a sus caballos (pequeños y peludos) por encima de cualquier otra raza de equinos más vistosa, rentable o afamada. Se caracterizan entre otras cosas por convertir sus vidas en historias contables y por leer las historias contadas de sus vidas. No en vano ostentan el extraño y nada vergonzante récord del más alto índice de edición de libros per cápita.

Lo que parece un cuento en nuestra introducción no lo es tanto en realidad. Ese país existe en la actualidad y no es otro que Islandia, del que nos vamos a ocupar en este texto, aunque quizá de un modo poco habitual, desde luego nada técnico y mucho menos práctico para aquellas personas habituadas a la literatura de viajes especializada. Islandia presenta las curiosidades arriba indicadas, aunque dejarlo así sería idílico pero falso en cierto modo, ya que muchas de las afirmaciones son engañosas y tapan muchas otras realidades no menos interesantes.

Comencemos por referirnos a las invasiones y agresiones externas por ejemplo. Islandia es joven con respecto a su fecha de independencia allá por la década de los 40. Hasta entonces vivió sometida al poder inicial de Noruega y al posterior de Dinamarca; este último parece haber influido decisivamente en provocar la enorme miseria y las extremadamente difíciles condiciones de vida (casi cercanas a la esclavitud) que han sufrido los islandeses durante siglos.

La colonización de Islandia fue iniciada en el s. IX por monjes irlandeses y seguida posteriormente y de forma mucho más intensa y constante por los vikingos. Su mitología y la afición y creencias arraigadas que su población muestra hacia lo mágico y lo espiritual parecen provenir de ambas culturas (inciso: cuidado con lo que tocas allí, porque hasta la piedra más diminuta puede tener un alto contenido simbólico o mágico, por ejemplo una Baggalútur). La colonización vikinga, como el resto de exploraciones y singladuras náuticas de aquella cultura, fue debida en gran parte al avance tecnológico que los drakkares (sus barcos) supusieron para la época. Barcos ligeros, tremendamente marineros y veloces, capaces de desplazarse con agilidad y eficacia por océanos francamente peligrosos y difíciles. Aún hoy es el día en que los barcos, actualmente a través de la pesca (especialmente del bacalao, la merluza y otras muchas especies entre las cuales se encuentran las ballenas (¡!)), constituyen una de las principales fuentes de riqueza del país. Hablando de ballenas y de barcos, son muchos los puntos de partida en los que el visitante puede embarcarse en alguna nave de avistamiento de cetáceos o de aves. Embarcaciones que, bien navegando por los fiordos o por mar abierto, buscan bancos de ballenas o espacios de parada de las diferentes especies de aves marinas que se detienen allí temporalmente, para deleitar a sus pasajes. Cada asunto tiene lógicamente sus estaciones, son cosas de la fauna y del clima, no tenemos más que ser respetuosos y amoldarnos a ello; si cada día de nuestras vidas nos amoldamos a costumbres objetivamente más paranoicas o caprichosas, cómo no lo vamos a hacer en este caso.

Continuando con el mar nos vamos a ir a las islas. Son numerosas las que se ubican en el entorno de Islandia, por lo general pequeñas pero peculiares. No vamos a referirnos mucho a ellas, pues no las hemos visitado por falta de tiempo, pero hay un par de asuntos que merece la pena mencionar. Algunas de estas islas representan reservas excepcionales de todo tipo de especies de aves marinas y la visita es obligada para los aficionados a la ornitología. Otra en concreto nació hace pocos años a consecuencia de fuertes erupciones volcánicas e importantes inestabilidades geológicas. Repentinamente una nueva isla apareció en la costa islandesa; una isla inicialmente inerte que, con el paso de los años, se ha convertido en el perfecto laboratorio de campo en el que los expertos han podido estudiar los procesos de colonización biológica desde cero. Interesante sin duda. En un mundo caracterizado por la desmotivación y la información disparada contra el público, en vez de peleada y buscada por éste, dejamos en manos de los lectores indagar sobre los detalles geográficos y científicos concretos de tan interesante e importante asunto. im1
El mar dota de algo vital a Islandia; si bien no la convierte en un paraíso climático desde el punto de vista del confort, sí la hace mucho más tolerable de lo que inicialmente se podría pensar por su situación geográfica. Resulta que las temperaturas no son tan bajas como cabía esperar. La Corriente del Golfo baña sus costas por el sur, templando el clima y afectando a la conformación del mismo en toda la isla. El clima en Islandia es difícil de definir desde la perspectiva del caminante (del visitante, de la persona); alejándonos de las taxonomías sesudas de los meteorólogos, calificaremos su clima como “absolutamente diverso hacia frío”. A lo largo de un solo día puedes vivir la lluvia, el sol radiante, la niebla, el frío, la templanza, el viento y la calma chicha. mar

Y por si fuera poco, todo ello lo puedes tener también en lotes de larga y persistente duración. Lo mismo disfrutas de una semana de maravillosos atardeceres, mañanas luminosas y noches despejadas en las que admirar la aurora boreal, que la variabilidad del tiempo te regala en un mismo día un amplio catálogo de arcos iris de todo tamaño y condición, incluyendo los completos y los dobles. El viento, eso sí, suele ser la característica más persistente y cuando se empeña, consigue que la sensación térmica baje de verdad hasta recordarte lo cerca que estás del Polo Norte. También te puede pasar que lo que se repita día tras día sea el clima infernal cargado de precipitaciones. Pero no hay mal que por bien no venga; para ello los islandeses cuentan con dos remedios nacionales (además de los universalmente utilizados…).

arco iris iceberg

El primero es la lectura, ya hemos mencionado su gusto por la literatura. Este viene de antiguo y se remonta a los tiempos de Snorri Sturlusin (s.XII-XIII) e incluso anteriores, cuando en Islandia se escribían y relataban historias familiares y de personajes bajo el género que todo el mundo conoce como las sagas. Esa afición se ha mantenido a través de los siglos y ha convertido a su población en un grupo muy lector y bastante escritor, algo que personalmente calificamos como envidiable. En este sentido recomendamos muy sinceramente acercarse a la literatura islandesa de dos maneras: una leyendo por ejemplo las novelas del Premio Nobel Halldór Laxness (al menos “El concierto de los peces” y “Gente independiente” están traducidas en castellano), algo que yo confieso estar haciendo en este momento; y otra, no abandonando Islandia sin que alguien autóctono te haya contado sin prisa la historia de su familia o de su granja, si es que tiene alguna; nosotros disfrutamos enormemente con la conmovedora historia de cómo Gudrum, una mujer moderna y avanzada, llegó a heredar su casa de campo actual, ubicada en una ladera de verdes pastos, bajo una cascada escondida entre hexágonos de basalto, y que mira hacia el mar, hacia el oeste, y hacia el volcán que Julio Verne hizo famoso).

El segundo medio peculiar de hacer más soportables las inclemencias del tiempo es bañarse al aire libre… en alguna de las innumerables termas naturales o acondicionadas que por allí existen. Desde los centros ultramodernos perfectamente preparados como el Blue Lagoon, hasta las termas naturales que pueden encontrarse en algunas excursiones para aventureros, pasando por las situadas en casas particulares o la maravillosa terma pública en las proximidades del lago Mývatn, sumergirse en sus aguas calientes y a menudo sulfurosas, azuladas y humeantes, es todo un placer para cualquiera tanto si el clima externo es desapacible, como si se hace tras una jornada cansada. Para los islandeses es algo habitual, casi cotidiano y hasta social. Pero como siempre, no hay que olvidar los detalles: hay que quitarse los zapatos en los vestíbulos de la mayoría de los centros públicos deportivos o acuáticos, así como en la entrada de cualquier hogar. piscina
cascada Islandia es ante todo una sucesión de paisajes sublimes y grandes espacios. La luz, cuando la hay, resulta bastante oblicua (especialmente al final del verano), lo cual hace de este lugar un paraíso para la fotografía, ofreciendo una luz siempre cálida y nada dura. Tanto paisaje y tanta fantasía debieron causar una honda impresión en J. R. R. Tolkien durante sus largos periodos de estancia en el país, y así creó lo que creó en El Señor de los Anillos. Pero Islandia no siempre ha sido así, ni mucho menos; en realidad es un territorio cambiante, y sus cambios pueden apreciarse claramente en el tiempo que duran pocas generaciones. Por ejemplo, en Islandia no hay árboles, y no es que no los haya habido antes. De hecho, por los escritos de las sagas se sabe que sí los había, abundantes y frondosos; sin embargo, la tala indiscriminada, las necesidades de energía por medios rudimentarios, la construcción naval y la arquitectura medieval, unidos al hecho de que la repoblación es especialmente delicada a causa del viento, acabaron definitivamente con los árboles que allí crecían. Actualmente hay una seria campaña gubernamental de repoblación, aunque no exenta de dificultades técnicas.
Otro fenómeno que hace cambiante el paisaje islandés, aunque éste afortunadamente de modo mucho más inapreciable, es el hecho de que Islandia se encuentra instalada en plena brecha de contacto entre las placas tectónicas europea y americana; éstas parecen estar muy quietecitas desde la perspectiva de los plazos humanos, pero allí han dejado, sin ir más lejos, una gigantesca brecha digna de visitar. Se trata de Thingvellir un paraje muy turístico por varias razones. Para empezar, puedes contemplar y admirar la brecha e incluso distinguir los bordes de ambas placas y caminar por en medio. Podemos disfrutar de un lago formado por el relleno natural del hueco originado y recorrer algunas brechas inundadas y otras secas. Pero es que además el lugar es un santuario del carácter democrático del pueblo islandés ya que, precisamente en lo más abrupto y elevado de la brecha, es donde durante siglos, todos los veranos, los líderes y representantes de cada uno de los grupos pobladores de la isla dirimían las disputas y discutían los cambios que debían aplicarse a las leyes no escritas que regulaban la convivencia (más o menos bruta y aguerrida) que se desarrollaba en la isla hace algunos cientos de años. im46

Las erupciones volcánicas, a un promedio de una cada cinco años, provocan además de la aparición de nuevas islas, otros cambios en el paisaje. La activa acción volcánica es la causa de fenómenos como la formación de lagos en mitad de un glaciar, algo insólito que, a su vez, puede provocar riadas salvajes o reestructuraciones del panorama glaciar. El propio colorido paisajístico responde al desarrollo de la actividad volcánica, mostrando espacios desérticos extensísimos con predominio de la escoria negra, y de los rojos ferruginosos; panoramas sólo interrumpidos por algunos cráteres apagados, que dan a estos entornos un aspecto lunar (de hecho allí cumplieron parte de su entrenamiento de adaptación al territorio los primeros astronautas que pisaron la Luna). En otras zonas, los campos de lava están ya en una fase de colonización vegetal caracterizada por ir siendo tapizados de gruesas y almohadilladas capas de líquenes y musgos de un peculiar color verdoso pálido o grisáceo de gran belleza, que aún se hace más atractivo al tacto por su respuesta mullida y acolchada. Las rocas se alternan allí con la cobertura vegetal. Por último, hay zonas más evolucionadas donde todo el paisaje aparece cubierto por vegetación de pasto y brezo mezclada, con existencia de una amplia variedad de especies.

No sé en otro momento, pero contemplarlas en el inicio del otoño, es un verdadero espectáculo cromático por la diversidad de tonos ocres, anaranjados, amarillentos, rojizos, marrones, granates, etc. que presentan. Y todo esto es básicamente el panorama volcánico muerto. El vivo, el activo, ofrece otro aspecto: hay zonas áridas de colores extraños y rojizos que incluyen solfataras, fumarolas y géiseres (bueno Geyser es uno y ya no “trabaja”, pero de él procede la actual denominación mundial del fenómeno y de estos hay bastantes más). Hay uno muy agradecido que ofrece su espectáculo a los turistas, con un sobresalto acuático cada 8 minutos aproximadamente; por lo visto antes tardaba más, pero la presión comercial (¡el consumo, siempre el consumo!) ha hecho que se apliquen ciertos trabajos “tensionales” sobre él y ahora produzca (¡la productividad, siempre la productividad!) más “erupciones”, aunque hay quien dice que de peor calidad. im4

Hay cráteres activos de diferentes tipos y formas; unos pueden ser bordeados caminando, otros alojan lagos en su interior y los hay que presentan laderas con humaredas en sus grietas. Todo ello resulta un auténtico y extraño panorama para el visitante neófito en el vulcanismo. La mayor parte de la “presencia” de fenómenos volcánicos pasados o presentes se haya en una diagonal imaginaria que atraviesa la isla desde la esquina suroeste hasta la opuesta noroeste y es precisamente en esa diagonal donde supuestamente se encuentra el límite entre las placas continentales sobre las que se asienta este país.

Puede resultar extraño, y ser calificado como feo, el hecho de que en tierras volcánicas activas aparezcan mamotretos industriales con numerosas chimeneas que escupen permanentemente columnas de denso vapor de agua, y con una amplia y desordenada red de gruesas tuberías alrededor, tuberías que recorren kilómetros y más kilómetros del territorio nacional de Islandia. Sin embargo todo tiene su explicación. Son plantas de aprovechamiento de la energía geotérmica que aportan la mayor parte de la energía eléctrica, el agua caliente y el calor consumidos en este país. Islandia es probablemente el único país del Mundo que tiene un proyecto serio y viable a corto o medio plazo, para acabar con el consumo de energía procedente de reservas fósiles, lo cual suena fantástico. Personalmente, desde mi absoluta ignorancia de visitante no especializado y más preocupado por las características lúdicas del viaje que por asuntos industriales, creo que tardarán en solucionar un par de pequeños consumos petrolíferos: el de los combustibles necesarios para alimentar una de las flotas pesqueras más productivas del mundo y el de carburabte para automóvil que, a causa del turismo con coches de alquiler y de la evidente afición que los autóctonos muestran por los coches “de porte americano” y gran potencia, está en plena expansión. Afortunadamente son pocos habitantes, conducen francamente muy despacio, tienen pocas carreteras y la mayoría no son utilizables la mayor parte del año. im5

Ya que nos metemos en cuestiones energéticas, hay que señalar otro aspecto interesante y atractivo. Islandia es un país eminentemente rural. Salvo la capital con unos 112.000 habitantes (de una población total de aproximadamente 290.000 almas), el resto son un puñado de ciudades muy pequeñas, otro puñado de pueblos y todo lo demás son granjas unifamilares. Los centros escolares, las iglesias y otros servicios públicos, en numerosas ocasiones aparecen en medio del campo y a ellos acceden los pobladores desde las granjas cercanas. Además de las innumerables granjas, el censo de cascadas permanentes, que aparecen a lo largo de todo un anillo (concéntrico a la costa),  de espectaculares saltos de agua alrededor de las elevaciones del interior y de los glaciares, se eleva a más de seiscientas y eso sin contar los abruptos caudales permanentes que no llegan a considerarse cascadas pero presentan de hecho varios saltos de agua. Estas cascadas y arroyos son aprovechados por las granjas, siempre situadas relativamente cerca, no para dibujar un paisaje bonito e idílico (que también lo consiguen), sino para tener un flujo permanente de agua potable y de energía eléctrica. Turbinas especiales se alojan en el interior de muchas cascadas y pueden apreciarse cortos tendidos eléctricos ligeros que van desde éstas a las propiedades.

basalto glaciar

Las granjas básicamente se dedican a un par de actividades ganaderas: una es la cría de ovejas, que nutre de carne a la población (es uno de sus productos gastronómicos más típicos) y aporta la materia prima para la confección de prendas de lana, especialmente jerseys, de reconocido prestigio internacional; la otra es la cría del caballo islandés (nunca calificarlo de pony, aunque pueda parecerlo, por favor), animal al que la población se muestra muy vinculada y aficionada. Sorprende la enorme cantidad de estos equinos que pastan por todo el país y parece que debe ser de las pocas (o quizá la única) raza adaptada a las condiciones especiales del lugar. Las granjas, por otro lado, protagonistas de gran parte de la ambientación en las historias tratadas por la literatura islandesa, han sido escenario de un impresionante cambio socioeconómico. En pocas décadas han pasado de alojar unas condiciones de vida terribles y despiadadas, a mostrar una enorme mejora en la calidad de vida de sus habitantes. La independencia económica y legal respecto a Dinamarca, la solvencia económica de la nación y los adelantos tecnológicos en la maquinaria agrícola han sido los ejes fundamentales de este espectacular cambio. Personalmente añadiría que aparentemente la población islandesa no siente complejos por sus tradiciones y por su vocación rural y parece estar bastante orgullosa de su entorno, por muy inestable y desapacible que este pueda parecer a los foráneos. Les gusta el campo y la naturaleza, y eso se palpa.

vapor paisaje

Islandia hay que conocerlo por carretera. Bien en transporte público, el cual ofrece muchas variantes y posibilidades, bien en vehículo de alquiler, bastante caro pero mucho más ágil e independiente. Básicamente hay tres viajes conceptualmente hablando:

Primero. Corto y al grano (“paquete para ir tachando lugares famosos”), desaconsejado por nuestra parte. Con dos trayectos de ida y vuelta desde Reykiavik, se pueden visitar los parajes más famosos (y más multitudinarios). Uno sería recorrer la costa sur por la carretera de circunvalación, parando en todas las propuestas turísticas recomendadas y no regresar hasta haber alcanzado el lago de los témpanos de hielo (creo que es Jökulsárlón). Y el otro visitar Geysir, Thingvellir y Gullfoss en un recorrido hacia el interior desde la capital. En cualquier caso hacen falta algunos días para todo.

Segundo. Equilibrado y perfecto (además de apto para todos los públicos). Circunvalar la isla (en sentido contrario a las agujas del reloj) por la carretera principal (A-1), con tiempo suficiente para no tener prisa y poder detenerse y disfrutar de todo lo que se encuentra a mano durante el trayecto. Para ello basta un vehículo convencional, no es necesario que sea 4x4, pese a que en torno a un 10% de este vial principal no se encuentre asfaltado. De hecho la carretera es cómoda, con pocas y fáciles curvas y las zonas no asfaltadas están muy bien preparadas, no se encharcan ni forman barro. Para esta propuesta lo ideal serán de 5 a 15 días (cuantos más mejor).

Tercero. A por todo, lo que haríamos si volviéramos con tiempo (¡pero no viajes con cualquiera!). Sería realizar el anterior pero con añadidos, y en vehículo todo terreno. Habría que añadir dos incursiones por pistas de montaña (una hacia el volcán Askja (desde el interior norte hacia el interior sur) y otra por el parque nacional las gargantas del Jökulsá), además un recorrido por la península de Snaefellsnes,desde donde se puede ver la mole del Snaefellsjökul (en el cual Julio Verne sitúo el inicio de la expedición en su “Viaje al centro de la Tierra”) y un par de propuestas extra de trekking, una por el glaciar Vatnajökull y otra con caballos, por ejemplo.

volcan geyser hielo

A cualquiera de estas propuestas hay que añadir algunos gastos para actividades irresistibles: bañarse en toda terma que se cruce en nuestro camino, navegar para ver ballenas, sobrevolar un glaciar en avioneta si tienes tiempo… lo malo es que Islandia es un país caro, (cuando escribimos esto) es fácil de calcular: todo menos el alcohol, cuesta más o menos el doble que en España (el alcohol cuesta el triple o el cuádruple). Otro consejo de interés es elegir bien la época en que viajar. Todas las guías coinciden en que el verano es la mejor. Sin duda, hay muchas horas de luz y las carreteras son transitables; sin embargo hay un problema añadido, la ya masificada presencia de turistas que, además de restar encanto, plantea dificultades para el alojamiento improvisado. Probablemente mayo, junio y septiembre sean las mejores opciones entonces (si eres de los que puedes tomarte las vacaciones cuando quieras).

Además de lo comentado podríamos haber hablado de la singular arquitectura de sus casas de chapa, de sus tejados de turba y del desinhibido colorido en las fachadas; de sus estuarios y fiordos; de sus sagas y divinidades; de su capital Reykjavík, su desmadre alcohólico de fin de semana y sus librerías siempre abiertas; de la gastronomía; de la aurora boreal y de muchas otras cosas más. Pero sin duda es definitivamente mejor dejar de leer artículos al respecto escritos por otros y viajar hacia allí de una vez. Yo confieso haber tardado 17 años desde que lo decidí.

casas grava

Después de una exposición tan desordenada, poco convencional y tan exenta de nombres, fechas y puntos kilométricos, nos vemos en la obligación de dar alguna pista adicional para el potencial viajero hormiguita (que siempre conviene llevar alguno por compañía). He aquí algunas referencias:

  1. Última edición de la guía total para viajeros “Dinamarca Islandia” de Anaya Touring Club (en español). Más que suficiente.
  2. Para caprichosos (algo snobs). Hay una guía Longman específica sobre Islandia (en inglés).
  3. Para estudiosos: “Guide de l´Islande” (la última edición que haya). Editions Marcus. París (en francés). Completísima y manejable.
  4. Para enterarse de lo que no cuentan las guías. Existe un artículo específico sobre Islandia en la revista National Geographic, de allá por el año 89 o cercano, donde se explican muchos asuntos de interés.
  5. Para disfrutar de un libro de viajes paradójico, estrafalario y chocante: W. H. Auden & L. MacNeice: “Cartas de Islandia”. Alba, Barcelona, 2000.

Precisamente vamos a concluir con un comentario que este último libro nos va ayudar a rubricar. De mucho de lo aquí comentado se puede deducir (parcial y erróneamente) que lo que hace a Islandia fascinante y ventajoso es su juventud como país, su aislamiento geográfico, su autonomía y el aferramiento a su tradición. Parte de razón hay en eso, sin duda, sin embargo, no todo son ventajas. Allá por el año 1936 los autores mencionados escriben refiriéndose a Islandia la siguiente frase que nos parece memorable: “Me han dicho que los políticos son muy corruptos – algo quizá natural en un país donde todo el mundo conoce a todo el mundo personalmente – pero no dispongo de medios para comprobar o contradecir esta información”.