Capítulo VIII.  El contexto de la formación del profesorado

 

Nuestro objetivo es descubrir en qué condiciones o circunstancias se producen perturbaciones del pensamiento del docente lo suficientemente desestabilizadoras como para romper algunas de sus ideas previas sobre educación, esas ideas de conocimiento pedagógico vulgar o conocimiento espontáneo que hemos mencionado con anterioridad y llevarle a cambios de tipo 2.

Parece probado que estas perturbaciones que desembocan en nuevas formas de conocimiento, no se producen porque sí, ni se producen fácilmente en cualquier lugar o circunstancia. A esta alturas del trabajo, lo que podemos afirmar es que si se producen, lo hacen en contextos muy determinados, cuyo conocimiento nos puede permitir muchas ventajas a la hora de conseguir las condiciones adecuadas para promover realmente el cambio educativo.

 

Dos son los contextos que hemos identificado como favorables, a los cuales hemos decidido denominar como:

 

·      Contexto de alto nivel de relación personal, con una ideología favorable al cambio educativo.

·      Contexto de profesionalización creciente y/o de carrera profesional.

 

¿Cómo favorecer estos contextos en nuestro sistema educativo? ¿Interesa favorecer ambos, alguno o ninguno? El contexto de fuertes relaciones personales que hemos mencionado en primer lugar, no supone necesariamente que los profesionales que se encuentran inmersos en él vayan a desarrollar un proceso formativo adecuado, lo que estamos afirmando aquí, es que en estos contextos se pueden dar las condiciones para que este desarrollo formativo ocurra. Evidentemente es necesaria la condición expresada de que el grupo manifieste una tendencia favorable al cambio educativo, per además hacen falta otras condiciones que hemos discutido en otros lugares, como, probablemente, la existencia de un líder, el desencanto previo con su forma de trabajar y, por supuesto, la existencia de alternativas inteligibles y plausibles hacia las que dirigir su trabajo.

 

El segundo contexto, al que hemos denominado como “de profesionalización creciente”, es realmente difícil de encontrar en los centros educativos, e incluso en los centros de formación del profesorado,  somos de los que creen que el profesorado no universitario presenta señales claras de “semiprofesionalización”, entendiendo por tal a aquél que no cumple alguna de las características que Heinz - Elmar (1988) considera como definición de profesión (ocupación, vocación, organización, formación, orientación y autonomía). En concreto, lo consideramos así, sobre todo en lo referente a las características de organización ( ya que no existen prácticamente estructuras profesionales propias) y autonomía (por la que el grupo profesional valora su actividad y establece el control externo).

Incluso no superaría tampoco el análisis de Carr y Kemmis (1988) acerca de “la existencia de un cuerpo de conocimientos propios procedentes de la investigación científica y de la elaboración teórica”.

 

Con lo que no resulta extraño que solamente una persona nos hiciera alguna afirmación relacionada con este tema:

 

-           “No, no es exactamente curiosidad, es saber. Si yo me considero un profesional de la EA, y parece, parece que lo máximo que hay en España es una cosa sobre EA, a mí me parece que como profesional debo de estar en lo máximo, o lo que se consideraba lo máximo..

 

-           te estás planteando entonces una idea de carrera profesional...

 

-           no, no como carrera profesional”.

 

 

 Nuestros datos, y nuestra experiencia, es que este contexto se encuentra claramente fuera de los circuitos “normales“ en los que se desarrolla la actividad docente, y si atendemos a nuestra propia experiencia personal, solamente lo hemos encontrado en congresos, jornadas y reuniones en las que, desgraciadamente, el número de docentes “en activo” no representa más que un exiguo porcentaje de los asistentes. Este reducido número de profesores de “a pie” que asiste a congresos, participa en grupos de trabajo nacionales o internacionales, podría constituir una élite de la que el resto del profesorado podría aprender mucho, puesto que de alguna manera constituye lo que hemos denominado un “colegio invisible”. Pero nuestra experiencia, propia además, nos dice que este es uno de los colectivos más perseguidos por la burocracia y las rencillas de baja estofa del sistema educativo. Uno de los miembros de este “colegio”, me planteaba en una entrevista informal una metáfora que decía que el sistema educativo era como el pelotón de las carreras ciclistas, si nadie destaca todos van a gusto y despacio, ignorándose mutuamente, pero si alguien decide adelantarse, entonces de repente todos se ponen de acuerdo para ir a por él.

 

En cualquier caso, ambos contextos se enmarcarían dentro de lo que pudiéramos denominar cultura profesional colaborativa, en la que los intercambios profesionales son poco estereotipados y frecuentes. Exactamente lo contrario de lo que nuestros datos apuntan sobre lo que ocurre en la mayoría de los centros educativos.

 

                


Capítulo último. ¿Tenemos pistas para saber cómo conseguir que los profesores cambien?

 

Con una perspectiva sistémica como la que hemos venido utilizando en este trabajo, es evidente que existen posibilidades reales de intervenir en el pensamiento del profesorado para empujarle a actuar en su formación. Este tipo de intervenciones han sido muy estudiadas en situaciones terapéuticas y de organización, siendo redefinido el denostado concepto de manipulación, por Selvini (1988):

 

“Sabemos por la teoría de la comunicación humana que no es posible no comportarse y comportarse es siempre comunicar.

Pero comunicar significa, de manera inevitable, influir en la conducta de los demás, o sea emitir mensajes a los cuales el interlocutor no puede no realimentar. Toda comunicación nos torna diferentes de lo que éramos antes, nos afecta, nos obliga a tomar posición…”

 

 Como señalábamos en el capítulo anterior, algunas perturbaciones del pensamiento docente establecido y/o de la práctica pedagógica derivada resultan ser lo suficientemente desestabilizadoras como para provocar una reorganización del sistema de ideas que un profesor/a posee en un momento determinado, un cambio 2 está entonces en ciernes.

 

Hemos hecho un exhaustivo análisis de las circunstancias en las que este tipo de cambios pueden llegar a ocurrir y de cuáles son estos cambios en la formación del profesorado. Podemos resumir nuestros resultados señalando que apuntan claramente a que este tipo de perturbaciones solamente se producen cuando se dan simultáneamente dos condiciones, por lo que si se comienza sólo con una de ellas,  las dos direcciones señaladas deben de converger en algún momento no muy tardío o el proceso no legará a su fin; estas dos condiciones son:

 

1.- el trabajo cooperativo voluntariamente elegido.

2.- la existencia de materiales curriculares asumidos por todos los participantes.

 

Ambas terminan por definir la existencia de una cultura de grupo que le es propia y característica y que le diferencia de otros grupos profesionales.

 

Todas las demás estrategias representaron cambios de tipo 1 que acabaron por retornar a las posiciones anteriores.

 

Respecto a la primera de ellas, es repetida frecuentemente por la bibliografía, por ejemplo Rosenholtz (1989) afirma: “Queda asumido que la mejora en la enseñanza es una empresa colectiva más que individual, y que el análisis, la experimentación y la evaluación entre colegas son condiciones bajo las cuales se mejora”.

 

Respecto a la segunda, Imbernon (1994), también la valora como estrategia importante de cara a la formación del profesorado: “es preciso apoyar la experimentación y la difusión de materiales de grupos más reducidos y homogéneos, aunque sean de carácter intercentro, y con proyectos parciales, en la línea de proporcionar referencias y elementos de dinamización que surgen del profesorado”

 

La intuición de que este es el camino adecuado debe de haber estado presente en las mentes de los que diseñan los planes de formación, puesto que desde los Centros de Profesores se ha insistido mucho al profesorado para que se implicara en ellas, sobre todo en la primera, y con a menudo falsas promesas respecto a la segunda. Pero sin embargo este tipo de estrategias han tenido éxito en muy contadas ocasiones. Por lo que hemos visto, los intentos de formación de grupos de trabajo son muy frecuentes entre los profesionales más activos, incluso los menos preocupados por su formación se ven enfrentados en numerosas ocasiones a esta opción. Sin embargo, ya vimos como un grupo de trabajo debe verse ante una opción muy clara de funcionamiento para que tenga éxito y esto raramente ocurre si no va acompañada de la existencia de materiales que permitan que el grupo tenga de qué discutir, pero que al mismo tiempo le permitan ser dueño de ellos.

 

La estrategia frecuentemente utilizada por los asesores de formación de embarcar al profesorado en el diseño de materiales curriculares, aunque ha sido evaluada positivamente en algunos casos (Sáez, 1996), creemos que representa un éxito parcial y que desde la perspectiva de la teoría sobre el cambio que estamos manejando, presenta evidencias de producir cambios solamente de tipo 1, puesto que casi nunca ha sido estudiada desde la perspectiva de analizar el origen de estos materiales y de averiguar cuál es su destino final.

 

Evidentemente, existe una posibilidad de intervención administrativa en el sentido de favorecer que los profesionales lleguen a poder implicarse en este tipo de estrategias sin hacerlo a costa de su tiempo, su dinero y hasta su prestigio.

 

Este tipo de estrategia conllevaría además la necesidad de que el profesorado viera que su esfuerzo es reconocido de alguna forma, y no sólo porque el contexto en el que se desenvuelve la innovación educativa que verdaderamente constituye la formación es poco alentador para éste, es que como señala Atking (1996), cuando termina su trabajo con una cita del informe de la OCDE, es la propia educación y con ella el propio país quien realmente obtienen los beneficios de esta formación:

 

“Cuando un país saca partido de los logros de los profesionales más capacitados de su sistema educativo y de su trabajo, crea el ímpetu para mejoras ulteriores. A las personas se les motiva cuando se les reconocen sus logros”

 

Aunque es evidente que el desarrollo de materiales curriculares que realmente funcionen, cumpliría las condiciones que tomábamos de Orgogozo y Sérieyx (1989), para definir lo que es innovación, resulta muy difícil encontrar personas o grupos con la capacidad real de desarrollar estos materiales a un nivel que les permita realizar su trabajo de forma más ventajosa.  Un gran programa de experimentación y desarrollo de materiales, elaborados por expertos pero desarrollados y contextualizados por profesionales en activo que se vieran realmente representados en el producto que se fuera consiguiendo, debería iniciarse a escala nacional. La inexistencia de asociaciones de profesorado con una mínima fuerza para llevar adelante una empresa de este tipo, cosa que no ocurre en otros países de nuestro entorno, especialmente en USA, no nos permite por el momento validar esta hipótesis en nuestro sistema educativo.