Capítulo VII. Necesitamos una teoría sobre el cambio

              

Todos los trabajos de investigación sobre formación del profesorado que hemos consultado hacen de alguna manera referencia a los cambios que ha sufrido o no éste. Sin embargo, muy pocos se definen a la hora de justificar qué es lo que entienden por cambio. De alguna manera da la sensación de que el concepto de cambio no está sujeto a interpretaciones, que existe una realidad objetiva acerca de lo que es cambio y de lo que no. Pero cuando discutes en el seno del grupo que lleva adelante una investigación de este tipo, resulta que cada uno tiene una idea de lo que es el cambio, incluida la idea de que no hay que discutir sobre ello porque está claro o su contraria en la que se toma una postura ecléctica ante el problema.

 

a) El problema del cambio de los sistemas complejos.

 

El problema del cambio es uno de los objetos principales de estudio de las teorías sobre complejidad. El asumir este punto de vista, el de las teorías de complejidad, probablemente nos llevará a estar de acuerdo con la tesis de Wagensberg (1990), de que en los sistemas se producen dos procesos de cambio diferentes a los que denomina como adaptación y como innovación. Dos conceptos clave que, como veremos, están presentes con diferentes denominaciones en una amplia serie de teorías. Para Wagensberg, la adaptación se corresponde con los procesos evolutivos que sufre un sistema hasta llegar a un estado estacionario estable (“cambiar en el tiempo hasta que se deja de cambiar”); mientras que la innovación se refiere a la evolución que sufren los sistemas en los casos que les lleva a producir algo absolutamen­te nuevo, “cualquier cosa”.

 

Estas dos formas de cambiar, desde el principio se reconocieron también por parte de los especialistas en la teoría de sistemas, los cuales consideran que existen dos tendencias contrapuestas, una tendencia de los sistemas a mantenerse en un estado estable estacio­nario (homeostasis), pero también otra tendencia a producir formas nuevas (morfogénesis).

 

Watzlawick et al. (1989) reflejan, asimismo, estas dos formas de cambio, a las que denominan como cambio 1 y cambio 2, nomenclatu­ra que nos es especialmente agradable y que será la que utilizaremos como propia a lo largo de los próximos capítulos. En concreto, plantean un ejemplo de las características diferenciadores de los dos tipos de cambio, los cuales a su vez son derivados de la teoría matemática de los tipos lógicos. Según este ejemplo, “una persona que tiene una pesadilla, puede hacer muchas cosas dentro de la pesadilla: correr, esconderse, gritar, etc., pero ningún cambio de uno de estos comporta­mientos podrá finalizar la pesadilla”. A este tipo de cambios, se les denomina cambio 1. La única forma de acabar la pesadilla, supone un cambio del soñar: el despertar, esto es un cambio de tipo 2. Cambio 2 es el cambio del tipo de cambio.

 

Quizá lo más novedoso de la actual teoría de sistemas dinámicos, sea la interpretación mucho más profunda de los mecanismos por los que un sistema accede al segundo y más intere­sante de estos cambios, la innovación.

 

Entrar un poco más profundamente en estas cuestiones nos puede permitir explicar después muchos de los fenómenos que encontramos cuando realizamos nuestra investigación. así Wagens­berg, de nuevo, enuncia un principio al que denomina de máxima entropía (El “maxent”). Afirma que en el proceso de adaptación, el sistema selecciona entre toda la gama de posibilidades, aquella que corresponde al máximo valor de entropía compatible con las condicio­nes que definen el sistema, equivaldría a la “exploración” de posibilida­des durante el sueño del ejemplo anterior.

 

Sin embargo, el cambio 2 supone un cambio de realidad, es decir, lo mismo que Wagensberg denomina innovación. Este tipo de cambio es uno de los temas más apasionantes de la ciencia moderna, sobre el que confluyen algunas de las ciencias de la complejidad como ya hemos mencionado brevemente más arriba, teoría de las catástrofes, caos, autopoiesis, fractalismo, sinérgica, etc., etc., constituyendo un campo de estudio e investigación que, a pesar de su interés para el tema de este trabajo, de momento no haremos más que citar.

 

Para ilustrar mejor qué son o en qué consisten los dos tipos de cambio, recurrimos al siguiente ejemplo que cita Watzlawick, que es también muy sugerente, aunque en beneficio de la brevedad de este texto nos permitimos reinterpretarlo: el conductor de un automóvil modifica el rendimiento de éste mediante el acelerador, es decir, tiene una serie de comportamientos posibles basados en la única estrategia de acelerar más o menos. El uso adecuado del acelerador permitirá la adaptación a las circunstancias del tráfico, del relieve, etc. Esta serie de cambios posibles son de tipo 1. Sin embargo, cuando las condiciones se hacen límites, es decir cuando la velocidad deviene excesivamente lenta o rápida, la perturbación no puede ser asimilada mediante una adaptación del sistema o cambio 1. Se hace necesario pasar a una realidad distinta: el cambio 2, en este caso representado por el cambio de marchas, el conductor utiliza la palanca de cambios y modifica sustancialmente las reglas iniciales, evitando el recalentamiento del motor o el calado del vehículo. Como dice Watzlawick, este cambio es un cambio de tipo lógico más elevado que acelerar. Es un metacambio, o sea, un cambio del cambio, una innovación.

 

El problema del cambio se estudia también en el seno de las  organizaciones. Etkin y Schvarstein (1989), nos hablan de Crisis y Catástrofes para denominar las dos clases posibles de cambio, así utilizan el término crisis para referirse a los cambios de tipo 1, ya que ellos mismos dicen que “en este caso se sostiene que las estructuras sufren desajustes transitorios, pero sus efectos son absorbidos por el propio sistema”, mientras que el cambio al que denominan catástrofe, lo describen de la siguiente manera: “Hay una discontinuidad, y una vez superada la fluctuación puede observarse que ha habido un salto cualitativo...  La metáfora aquí es la bifurcación, luego de la perturba­ción”. Es el mismo tipo de razonamiento que hace Laszlo, (1989), cuando afirma: “El sentido básico de la bifurcación es un cambio repentino de dirección en el modo en que los sistemas se desarrollan”.

 

En el caso que nos ocupa, podemos pensar que cuando un profesor o profesora está implicado en procesos de formación, participa de una serie de cambios en los sistemas en los que actúa, muchos de estos cambios serán cambios de tipo 1, pequeñas adaptaciones de su forma de pensar o de actuar que no llevan a nada relevante o que, incluso, estarán regulados por las leyes del “maxent”, y llevarán a que se termine por elegir la opción de mayor entropía, mayor desorden en una palabra. Sin embargo nuestro trabajo se preocupa de identificar los otros cambios, los de tipo 2, aquellos que son difícilmente reversibles, lo cual tampoco nos debería llevar a pensar que existe un único cambio del que se derivan todos los demás, “la clave” como generalmente se supone en estos casos.

 

Los cambios que se producen el desarrollo profesional de los docentes, afectan a las organizaciones en las que participan y a su propia forma de pensar. Es posible que la parte más importante de estos cambios sea la que se produce dentro de su cerebro, en el sistema cognitivo humano. Es aquí donde la perspectiva constructivista nos permite hablar también de estos tipos de cambio, cuando hablamos, como Piaget, de procesos de acomodación y asimilación, o como Norman (1982): ajuste, agregación y estructuración (o reestructura­ción). En unos casos, se trata de aprendizajes que mantienen en esencia la identidad de la teoría o esquema conceptual (cambio 1, adaptación), y en otros, se trata de cambios que suponen una revolución de la teoría, un cambio conceptual, como se suele denomi­nar dentro de la teoría constructivista: a partir de la adquisición del nuevo aprendizaje, lo que se pensaba es diferente de lo que se piensa, el viejo conocimiento, ya no tiene apenas valor dentro del nuevo, que es como una especie de despertar (innovación o cambio 2).

 

Para apoyar que nos encontramos ante una forma de pensar compartida por varios campos de la ciencia, es muy interesante constatar la aportación de la filosofía de la Ciencia a este modelo de cambio, la cual viene, entre otros,  de la mano de T. Kuhn, en su obra “Estructura de las revoluciones científicas”. En los períodos que el autor denomina de ciencia normal, los descubrimientos científicos, corresponderían a cambios de tipo 1, o adaptaciones de la teoría, la cual lógicamente se hace cada vez más compleja hasta que alcanza su máximo desarrollo posible con sus limitaciones conceptuales y metodológicas, es decir, con sus ligaduras. A partir de ahí, solamente es posible un cambio de tipo 2, una innovación, o sea, una revolución científica, con la emergencia de una nueva teoría o paradigma, el cual, obviamente, podrá evolucionar adaptativamente mediante cambios de tipo 1, hasta donde le permitan sus ligaduras.

 

Volviendo a las organizaciones, el fenómeno ha sido estudiado, asimismo, por la teoría de sistemas. Se ha reflejado, cómo los sistemas sociales, presentan una fuerte tendencia  a la homeostasis o estabilidad (“el fenómeno burocrático”, según Croizier y Friedberg, 1977), que es evidente en nuestros centros educativos, y cómo todos los cambios que se intentan son habitualmente cambios de tipo 1. Solamente en períodos determinados se produce un cambio revolucionario. Es por eso, posiblemente que todos los revolucionarios saben, de forma intuitiva, que la forma más rápida y efectiva de cambiar un sistema es derribarlo (cambio 2), aunque parecen no saber que la homeostasia del sistema hace que, incluso así, nada cambie.

 

b) ¿Cómo se consiguen cambios de tipo 2?

 

La teoría sistémica, nos informa que para que se produzca un cambio revoluciona­rio, cambio 2, tienen que modificarse las ligaduras del sistema y que esto ocurre cuando el sistema se perturba por encima de su capacidad de adaptación. Es decir, que para sacar a alguien de una pesadilla, no basta con susurrarle que no se preocupe, que todo es un sueño; probablemente, como vemos en las películas, habrá que agitarlo violentamente.

 

La terapia de familia de base sistémica, es tradicionalmente, junto con la política y la economía, el campo de experiencia donde más arduamente se ha intentado producir el cambio enfocado explícitamente con un enfoque sistémico, ese ya repetido cambio 2. Las estrategias utilizadas, se han basado en algunos casos en la denominada “comunicación paradójica”, prescribir el síntoma. Un individuo que posee un comportamiento patológico, se enfrenta a graves problemas si se ve obligado a mantener ese comportamiento; si ahora resulta que lo tiene que hacer por obligación, ya no es patológico.

 

En el seno de sistemas más grandes, o de organizaciones con ligaduras más lábiles que las de los sistemas familiares, caso del sistema escolar, este tipo de estrategia, no puede resultar efectiva. ¿Cuáles son entonces las situaciones capaces de generar cambios de tipo 2 en el sistema educativo?

 

Selvini (1988) ha estudiado este problema, reflexionando sobre la inutilidad de buscar las causas a los cambios que se han producido en algún sistema (esta misma teoría se apoya en el hecho de que los sistemas tienen causalidad compleja, multicausalidad sinérgica y causalidad circular) y, en una referencia parecida a la teoría del maxent, concluye: “todo sistema viviente constituye la mejor explicación de sí mismo”.

 

Aunque la frase anterior nos pudiera dejar la impresión de que no es posible provocar cambios, sí parece claro, como primera conclusión, que para conseguir cambios profundos en los sistemas complejos, hay que trabajar sobre la estructura del sistema, o sea, sobre las ligaduras y no necesariamente sobre todo el sistema como ya comentábamos en el capítulo segundo. En el caso de la formación del profesorado, encontramos dos importantes clases de ligaduras, las provenientes de su propio sistema cognitivo, es decir sus preconcepciones teóricas y sus prejuicios acerca de la educación y lo que la rodea, la llamada cultura escolar espontánea, y las debidas a las características de la organización en la que se desenvuelve su actividad, añadiendo que unas y otras están fuertemente relacionadas. En el último capítulo intentaremos aportar algunas ideas para trabajar sobre estas estructuras, aunque de momento esto es prematuro. Será una apuesta teórica interesante, puesto que habrá que contar con la conocida propiedad de la “equifina­lidad” de los sistemas (un sistema evoluciona, en algunos casos, en determinada dirección independientemente de las condiciones iniciales o, en otros casos, con las mismas condiciones iniciales se producen evoluciones diferentes).

 

c) Los cambios por los que pasa un profesor o profesora durante su formación

 

Tras el paréntesis teórico de los dos puntos anteriores, dirigiremos nuestro punto de mira hacia uno de los aspectos del proceso evolutivo que nos interesa, el que tiene que ver con la identificación de pasos en una evolución de carácter no lineal, correspondiente al hecho de que en el pensamiento de estas personas se hayan producido cambios de tipo 2, es decir, cambios en los que se modifica de forma sustancial alguna concepción profunda, las denomi­nadas más arriba ligaduras. Es decir que adoptaremos una posición histórica, considerando que lo pasado constituye la explicación de lo actual, como hemos visto que afirma Selvini (1988).

 

Posterior­mente nos referiremos al segundo aspecto que nos interesa, los cambios de este tipo que se producen en el seno de las organizaciones en las que estos sujetos participan.

 

No olvidaremos que según Wagensberg, las ligaduras de un sistema corresponden a las leyes de la naturaleza que le afectan. Cuando una persona o un sistema sufre un cambio de tipo 2, están cambiando las leyes que rigen su mundo. La clave a desentrañar podría ser por tanto:

 

·      ¿cuáles son estos cambios en cada persona?

·      ¿qué los produjo?

·      ¿son similares a los producidos en otras personas?

·      ¿se pueden provocar intencionadamente situaciones que produzcan estos cambios?

y también :

·      ¿se relacionan con los cambios producidos en un centro escolar?

·      ¿y en el sistema educativo?

·      ¿se pueden provocar intencionadamente situaciones que produzcan estos cambios?

 

Sin embargo, tampoco interesa perder de vista el proceso en cierto modo antagónico al anterior denominado homeostasis, que hace que los cambios más frecuentes se reorienten para ser del tipo adaptación o asimilación, o simplemente cambio 1, fenómenos en los que se hace evidente la regla del “maxent” enunciada por Wagensberg. Es lo que ocurre en la práctica con la mayor parte de los profesores que realizan innovación didáctica, a los que la tendencia homeostática del sistema amenaza constantemente en reconvertirlos en profesores tradicionales.

d) Suponemos que los profesores sufren cambios y que algunos son más importantes que otros

 

Poco podríamos avanzar en nuestra investigación si no fuera porque es probable que los cambios que experimenta un profesor o profesora en su forma de entender la educación le lleven a modificar su práctica de alguna manera ventajosa respecto a la anterior. En el momento que esto ocurra estaremos ya hablando de la existencia de innovaciones, aunque éstas sean pequeñas. En consecuencia, podremos decir que la formación del profesorado alcanza algún  éxito, en primer lugar, cuando el profesorado produce innovaciones, “Innovar supone aprender cómo hacer algo nuevo” (Fullan, 1991).

 

Una premisa: Los cambios importantes son los que se traducen en innovaciones

 

Para dejar bien claro a que nos estamos refiriendo cuando hablamos de innovación, intentaremos llegar más lejos que a lo expresado en la anterior cita de Fullan. De entrada, nosotros ya matizamos que innovación será, no sólo aprender a hacer algo nuevo, sino además, hacerlo, lo cual introduce una circularidad, debido a que esto nuevo que se hace es lo que permite aprender a hacerlo. Para profundizar en el significado de algo tan complejo como es la innovación en el sistema educativo, nos parece oportuno recurrir a la definición expresada por Orgogozo y Sérieyx (1989):

 

Innovación es toda práctica:

1º. - elegida, definida e implantada por un grupo de profesionales (profesores en nuestro caso).

2º. - que difiere  de las prácticas reglamentarias o de las rutinas.

3º. - que permite un triple progreso:

a)   Un servicio mejor, manifiesto en una mayor satisfacción de los usuarios (alumnos, padres,..).

b)   Costos menores.

c)   Trabajo más interesante, con mayor satisfacción de los trabajadores (o sea de los profesores).

 

 

Eso sí, deberemos adaptar esta definición al ámbito de la educación. Para ello, podemos discutir un poco acerca de cada uno de los puntos, tanto desde nuestra percepción del sistema educativo como desde lo encontrado en nuestra investigación.

 

Primer punto: Por lo que afirman los autores, la innovación es una actividad voluntaria y social, “elegida, definida e implantada por un grupo de profesores”. Teniendo en cuenta el escaso entramado profesional de nuestro profesorado, llama la atención que la innovación es una actividad que en nuestro sistema educativo, al pretender ser asumida frecuentemente por profesores aislados, empieza por no cumplir la primera de estas condiciones. De hecho, los resultados de nuestra investigación, avalan totalmente esta afirmación, solamente los profesores que participaban en grupos mantenían actividades innovadoras de forma continua, el resto se refería a éstas como algo que intentan hacer, o que han hecho en otros momentos:

 

“Eh....., mm., tengo materiales, muchos materiales que uso, lo único que no lo he juntado en un cuaderno para mi sólo. Si todos mis compañeros, adoptaran la misma metodología… , si es que además se lo he propuesto, de decir, oye, por qué no cogemos estas cosas que vamos haciendo y tenemos por ahí sueltas y demás y  las ponemos un poco bonitas..”

 

 

Es interesante constatar, a partir del segundo de los puntos de la definición, que la innovación educativa debe diferir de las prácticas habituales o rutinas, lo cual conlleva una serie interesante de consecuencias: en primer lugar, un proyecto de trabajo asumido por un colectivo, puede ser innovador dentro del contexto general de la enseñanza, pero puede haber dejado de serlo para el propio grupo que lo lleva adelante. Precisamente esto podría ocurrir en el seno del grupo de trabajo, donde hemos constatado dos tendencias opuestas sobre este tema, la de los profesionales que quieren convertir rápidamente en práctica habitual los resultados de la innovación y los que su actitud indagatoria se mantiene a lo largo del tiempo, y que presentan síntomas de decaimiento o desilusión si la actividad se vuelve rutinaria. Discutiremos más detenidamente estos aspectos cuando hablemos de los profesores como investigadores.

 

En segundo lugar, al comentar juntas las dos primeras condiciones, nos encontramos con la afirmación de que la innovación es algo que no se puede ejercer por decreto, puesto que ha de ser voluntaria y distinta de las prácticas habituales. Es una cuestión muy relacionada con nuestras circunstancias actuales de implantación de la reforma educativa, puesto que, a partir de esta idea se deduce que una reforma, lo único que realmente podría proponer es que lo que son innovaciones en un momento dado, se transformen en prácticas comunes en un momento posterior. Lo cual tropieza con el hecho ampliamente documentado de que, generalmente, la innovación se realiza en un contexto singular de imposible generalización (Hdez. y Sancho, 1993).

 

El triple progreso al que se refiere la tercera condición es extremadamente difícil de probar, puesto que en una actividad social como es la enseñanza, donde las expectativas de padres, alumnos y profesores suelen no coincidir es difícil constatar una mayor satisfacción en todos los casos.

 

Más difícil es que se cumpla el segundo caso en un sistema educativo como el nuestro, donde tradicionalmente se ha venido identificando innovación con subvención, de manera que si se habla de innovaciones no subvencionadas, las caras de escepticismo aparecen rápidamente, aunque como vimos en la descripción del trabajo del grupo, éste produjo innovaciones en muchas ocasiones sin disfrutar de apoyos económicos ni incentivos de ningún tipo.

 

Tampoco viene mal recordar que, en principio, estamos indagando sobre la formación del profesorado, sin estar obligados a identificar necesariamente innovación con formación, aunque, como señalamos más arriba,  creemos que no sólo sería un indicador de éxito importante para esta formación el que el profesorado implicado recurriera a la innovación en algún momento de su práctica, si no que, además, nosotros no consideramos verdadera formación a aquella que no repercute en la actividad educativa.

 

Así que por lo tanto, si queremos saber qué es lo que ocurre en algunos casos significativos, debemos identificar cuáles fueron los cambios que se produjeron durante la formación en todos o algunos de los profesores estudiados, además de indagar acerca de estos cambios, de esas innovaciones.

 

Primer cambio: Cambiar la  “metodología”

 

Los profesores cuando se inician en un proyecto educativo no buscan, por lo general, una opción teórica que les solucione sus problemas, si no que buscan una opción práctica a la que suelen denominar de forma vaga como metodología, entendiendo por tal, previsiblemente, al conjunto de estrategias de actuación en el aula. Es una cuestión similar a la que señala Claxton (1984), cuando dice: “El científico y el que aprende difieren, en cierto modo, en el objetivo principal y en el modus operandi. El interés fundamental del científico sobre su teoría es saber si es verdad. El interés primordial del que aprende, por el contrario, se centra en la utilidad de su teoría, en saber si funciona”.

 

En el caso del profesorado, la búsqueda de una opción de este tipo no presupone que ignoren que esta opción puede tener una correspondencia teórica, si no que, nuevamente en términos generales, ésta no despierta su interés.

 

El interés desmedido del profesorado por “la metodología”, contrasta con la idea de Gimeno (1981) cuando afirma que “el concepto de método es uno de los más utilizados en el ámbito de la pedagogía a nivel teórico y a nivel práctico. Sin embargo, cuando se entra en su análisis, es uno de los términos más confusos y polivalentes en su significado. En nuestra opinión se trata de un concepto de escasa utilidad científica…”, idea que compartimos, aunque como vamos a ver a continuación, es evidente que la mayor parte del profesorado no ha leído a este autor, puesto que para ellos el método es poco menos que la quintaesencia de la práctica pedagógica. De alguna manera, podemos decir que la concepción que el profesorado tiene de “metodología” adquiere tintes de error conceptual desde la perspectiva de la pureza pedagógica.

 

A pesar de que la mayor parte de las estrategias de formación del profesorado pretenden incidir en los conocimientos profundos del saber pedagógico, en las bases de currículo, hemos escuchado repetidas veces a aquellos que intervienen en la formación del profesorado, quejarse de la escasa receptividad de éste a estas cuestiones, mientras que el profesorado por su parte  argumenta que le aburren con teorías a las que no encuentra ningún interés práctico. Después de esta investigación, consideramos que el problema reside en esta idea previa del profesorado, que como apuntábamos, adquiere carácter de idea previa o error conceptual en su formación, condicionando la interpretación de todo lo que pueda llegar a sus oídos.  

 

Hacía tiempo que veníamos observando que la teoría curricular de la que dispone la mayor parte del profesorado en activo, y con ella su visión de los problemas educativos, se reduce a dos aspectos: contenidos y “métodología”, es decir , haciendo gala de ese pensamiento práctico que señalaba Claxton, qué es lo que hay enseñar y cómo hacerlo. La existencia de programas oficiales, llámense diseños curriculares o cualquier otra cosa, que determinan exhaustivamente los contenidos, hace que para este profesorado de formación incipiente, el primer aspecto esté resuelto y, por tanto, solamente la segunda cuestión sea revisable en su práctica personal. No es de extrañar que piensen que si solucionan satisfactoriamente esta cuestión, prácticamente habrá acabado con su formación:

 

..”, con lo que el entrar en este grupo me parecía una idea buena, por cambiar  de forma de dar clase, por hacer otras cosas...”.

 

Como ya vimos en el capítulo cuatro, es muy frecuente el malestar con la forma de dar clase anterior a la iniciación en el mundo de la formación, malestar que considerábamos un sentimiento prácticamente universal, y como vimos, los profesores suelen buscar en este período una salida a sus desvelos, salida que frecuentemente no encuentran, optando por acomodarse en técnicas estereotipadas y tradicionales, para no volver a preocuparse del problema.

 

Las explicaciones habituales entre los responsables de la formación del profesorado ante la frecuente ausencia de cambios en la práctica por parte de este profesorado, se encuentran en la línea de que no disponen de suficientes conocimientos teóricos, de bases curriculares profundas que se lo permitan, explicaciones con las que es muy difícil no estar de acuerdo.

 

Sin embargo, indagando en el modelo de Posner et al, citado anteriormente, podemos encontrar una posible explicación alternativa. Decían los autores citados, que el cambio conceptual se apoyaba en una serie de condiciones, además de la de sentir un cierto malestar con las concepciones anteriores, práctica educativa en este caso. En concreto, estas condiciones eran las de que tiene que haber una opción alternativa inteligible y plausible. Es muy interesante reflexionar con esta perspectiva a la luz de los hechos encontrados.

 

·      ¿qué hace que una opción alternativa o de cambio sea inteligible?

·      ¿qué hace que sea plausible?

 

Cuando los profesores se incorporaron al grupo de trabajo que experimenta el proyecto sobre el que venimos tratando, la opción representada por el proyecto, no era, ni mucho menos, inteligible en su totalidad para ellos, de hecho la mayor parte de las discusiones en el seno de este grupo, demuestran claramente cómo el proyecto no es totalmente entendido ni siquiera asumido plenamente, habiéndose producido una negociación implícita sobre lo que es obligatorio y lo que no.

 

Sin embargo, y al mismo tiempo, los profesores citados, en el momento de su incorporación, de alguna manera saben que el proyecto está en “buena onda”, es una medio intuición basada en que en esos momentos el constructivismo es la palabra de moda en el argot y lo ven expresado en él, dicho de otra forma, que el constructivismo es visible en el material, al menos en una primera aproximación. El hecho de que la alternativa esté plasmada en un material cuyas opciones “metodológicas” parecen muy fáciles de seguir, es decir, un material que deja suficientemente clara la alternativa de una forma de trabajo en el aula distinta, favorece esta primera inteligibilidad de la opción alternativa. En contra de la inteligibilidad del material, según mi experiencia personal, juega el que no esté organizado por temas. El temario o los contenidos, es para gran parte del profesorado el único elemento del currículo. Un material que no muestre de forma totalmente explícita que está respetando estos contenidos, tendrá muchas dificultades e incluso no podrá llegar al paso siguiente, el de la plausibilidad.

 

Una vez dado el paso anterior, que nosotros pensamos que no es muy difícil, puesto que estamos hablando de un profesorado que está interpretando la enseñanza con una perspectiva “metodológica”, este profesorado se enfrenta al siguiente paso: considerar que es plausible cambiar al nuevo método. La clave de esta plausibilidad está en un balance entre elementos a favor y elementos en contra. En contra está el riesgo a hacerlo mal, a fracasar ante los alumnos, a no dominar la clase, etc. Las palabras de una profesora explican por sí mismas esta sensación cuando realizaba un cambio de estrategia como el que tratamos:

 

“en mi crisis yo siempre contaba con G. y le decía: G. lo estoy pasando fatal”.

 

Está claro que el profesorado no está dispuesto a “pasarlo fatal”, con lo cual es muy difícil que se produzcan estos cambios y tenemos experiencia de otros profesores que se acercaron al grupo y no se atrevieron a utilizar el material. Sin embargo, en los casos en que sí pesó más en la balanza la viabilidad del nuevo planteamiento, encontramos que lo que inclinó la balanza hacia este lado, como vimos en el capítulo cuatro, fue el apoyo del grupo y la existencia de los materiales curriculares.

 

Podemos así empezar a definir un contexto favorable al cambio en las estrategias que el profesorado utiliza en el aula, este contexto no es otro que aquél en el que el profesorado se incorpora a un proyecto en curso, donde existen más personas que van a trabajar en lo mismo, sobre todo si entre estas personas se encuentran algunas con las que se tienen relaciones afectivas o amistosas y además el proyecto cuenta con material elaborado que permite una fácil incorporación.

 

El punto a discutir sería el de si una incorporación de este tipo produce una formación o no. Pensamos como Gil (1987) que “es bien sabido que cuando un investigador se incorpora a un grupo, rápidamente puede alcanzar el nivel del resto del equipo”.

 

Por último señalar que somos de la opinión de que en un grupo de trabajo, es muy probable que el límite de aprendizaje en un grupo esté pactado implícitamente, y aunque demostrar esto equivaldría a entrar en un análisis de fenómenos sociológicos que supera las intenciones de esta investigación, la evidencia se inclina del lado de que existe un límite para el conocimiento intercambiado en un grupo bastante más bajo que el conocimiento disponible si sumáramos el de todos los elementos del grupo.

 

Segundo cambio: Trabajar colectivamente

 

“Queda asumido que la mejora en la enseñanza es una empresa colectiva más que individual, y que el análisis, la experimentación y la evaluación entre colegas son condiciones bajo las cuáles se mejora”. (Rosenholtz, 1989).

 

El escaso número de grupos de trabajo estable del que tenemos conocimiento, nos llevó a sorprendernos al encontrar que uno de los cambios más valorados en la propia formación es la pertenencia a un grupo de trabajo más o menos estructurado, incluso en el caso de aquellos informantes a los que nos habíamos dirigido no por su pertenencia a grupos, si no porque habían realizado cursos de alto nivel.

 

Aunque debemos matizar lo anterior señalando que nuestros datos dicen claramente que a estos grupos de trabajo estables, aun con todos los matices que se quieran poner, siempre o casi siempre, un/una líder hace funcionar.

 

Ante esta posible conclusión, podríamos afirmar que los planes actuales de formación del profesorado en los que, de alguna manera, se desincentiva la presencia de líderes naturales en beneficio de “líderes institucionales”, denominados asesores, formadores, orientadores, incluso directores y jefes de departamento, etc., cuya misión consiste la mayor parte de las veces en suplantar la iniciativa del profesorado respecto a su propia formación y posibilidades de innovación, bien tomando decisiones curriculares por él, bien promoviendo o impartiendo cursos de formación, podría ser un grave error y un despilfarro de recursos:

 

“a mí me parece que el cambio mayor yo lo he tenido con estas personas.., ...al principio yo era totalmente individualista..., ... ”

 

“hombre, lo poco que he aprendido, lo he aprendido en el grupo fundamentalmente”

 

“Pero es que al final yo veo que los hitos siempre han dependido de la gente que tuviera alrededor, quiero decir, o sea, del grupo de trabajo, para mí eso es... hiperfundamental.”

 

“Yo creo que siempre trabajaría con algún profesor, lo que yo no entiendo es el profesor éste, sólo, auto…”autocomplaciente”. Yo no me veo trabajando sola”.

 

 

La pertenencia a un grupo puede ser una forma de algo más amplio que es la sensación de sentirse implicado en un proyecto colectivo, donde las relaciones personales se entremezclan con las profesionales:

 

“eso, llevamos varios domingos juntándonos para acabar con lo de geología que bueno, pues que al final tampoco ha salido...nada maravilloso, pero para pasar, para salir adelante... Y bueno, y yo la verdad pues disfruto viniendo aquí un rato y hablando aunque sea simplemente de...”

 

 

-           “..yo hecho en falta más comunicación por parte de todos. Yo no sé realmente lo que hacen mis compañeros en clase, entonces, cuando yo hago una cosa...me preocupa, porque yo por ejemplo que tengo contigo clases a medias, yo intento cuando te veo un esquema que yo no tengo, te digo: ¿y eso porqué es?, "pues se me ha ocurrido sobre la marcha" y tal, y entonces analizo o veo voy a ver esta idea  que me ha parecido buena a ver si la introduzco...Lo que me da miedo es que cada uno hagamos nuestro propio cuaderno.

 

-           ¿tu echarías en falta un trabajo más colectivo?

 

-           Más colectivo. Más colectivo de comunicación, es decir, a mí me da igual si la caloría está bien puesta allí o está bien puesta allá, eso me da exactamente igual, ni que la rueda de los alimentos sean 6 o 7, eso me da igual, pero lo que yo echo en falta es que yo no sé qué hacen mis compañeros, cómo llevan ni qué problemas se les plantean, ni cómo con sus alumnos son capaces de evaluar errores conceptuales, cómo los modifican... y eso es lo que en el fondo me preocupa,  ...entonces sí que a veces me da la sensación o me da miedo pensar jolín, es que estoy haciendo mi unidad didáctica.

-           pues tampoco sería muy malo en principio ¿no?

-           no, pero me parece que mi trabajo es un poco colectivo también, quiero decir que si yo estuviera sola con estas unidades didácticas, no habría ningún problema, yo haría lo que me diera la gana, pero si yo trabajo en un grupo o en un colectivo de profesores, que todo el mundo intentamos un poco mejorar nuestra práctica docente, desde luego que sí hay cosas, por muy íntimas que sean, que creo que debemos exponer o la imposibilidad para hacer una unidad...

 

-           no te parece a ti que bueno, que eso que tu dices procede de diferentes concepciones de lo que es  el trabajo profesional, es decir, que tú a lo largo de tu proceso de formación has desarrollado una idea del trabajo profesional más colectiva...?

 

-           puede ser

 

-           ...porque al principio no eras así, o ya eras así...?

 

-           no, yo ya te he dicho que al principio era totalmente individualista y vamos