Capítulo V.  Las razones de una elección o ¿por qué algunos profesores optan por la formación?

En el contexto político, social, científico y pedagógico brevemente pergeñado en los capítulos anteriores y con el bagaje informativo que ya hemos extraído del grupo de trabajo, estamos en condiciones de entrar en una fase más interpretativa acerca de los procesos por los que pasan los profesores. El caso es que nos encontramos con que algunos profesionales iniciaron y en muchos casos perduran en él, un camino de formación profesional de cuyas circunstancias creemos que se puede aprender mucho. Este es probablemente el tema principal de esta investigación, conocer las circunstancias, razones, causas, por las que determinados profesores y profesoras han optado durante años por seguir un camino de formación.

 

Aunque repetidas veces a lo largo de este trabajo reivindiquemos nuestra apuesta por una causalidad de tipo complejo y por consiguiente nuestra firme convicción de que la causalidad lineal es una entelequia, lo que se traduce en la inexistencia de ese momento mágico de revelación en el que el profesor o profesora ve la luz y, cual moderno Saulo se lanza al camino de la formación; así que dando por evidente que no es una circunstancia particular, sino unas circunstancias complejas las que están relacionadas con los orígenes o las motivaciones que llevan o llevaron en su momento a una parte del profesorado a seguir caminos de este tipo, sí que es cierto que existe un espacio temporal, momento, o frontera a partir de la cual el profesional estudiado da el paso cualitativo por el que nosotros lo consideramos inequívocamente profesional implicado en su formación y, por tanto, sujeto “estudiable”. Si este nivel no se hubiera alcanzado en algún momento, no se hubiera pasado la frontera invisible entre el profesional desinteresado de su formación o apenas interesado en ella y el suficientemente implicado en el proceso como para que nos merezca la pena estudiar su caso. 

 

Es así que aunque en nuestro modelo teórico no quepa la explicación causal simple, no busquemos la “clave” de su implicación en la formación, sí nos interesen las circunstancias personales, sociales o profesionales en las que se encontraban los sujetos investigados en el momento que optaron por introducirse en este mundo, es decir por participar en un curso de alto nivel o por implicarse en un proyecto en el seno de un grupo de trabajo, que son los criterios que hemos usado para identificar a los profesionales que constituyen la muestra teórica.

 

En este contexto brevemente reseñado, una serie de preguntas se nos han ido amontonando acerca del momento del inicio de la formación:

 

·      ¿ Hay alguna regularidad en las circunstancias y razones por las que los profesores se inician en la formación? o, al menos ¿las hubo en los casos estudiados?

·      En estos casos ¿se encuentra entre estas razones un descontento inicial con la calidad del trabajo propio?

·      ¿Es, o ha sido, la implantación de la reforma una razón que impulse al profesorado a formarse?

·      ¿Qué papel juegan otras personas?

·      Los aspectos más puramente profesionales, carrera docente, incentivos económicos, necesidad de publicar, etc. ¿juegan algún papel? ¿cuál?

 

Primera cuestión: ¿Se inician porque están descontentos con la propia práctica?

 

Como ya hemos señalado anteriormente, ya desde los comienzos de la investigación se produjo la constatación de que los primeros pasos relevantes dados por los profesionales en materia de formación estaban fuertemente mediatizados por el entramado profesional, social e incluso afectivo (Hernández y Sancho, 1993) en que se encontraban inmersos. En este contexto, y como veremos adelante con más detalle, no es de extrañar que encontremos que otras personas son frecuentemente señaladas como la causa que promueve inicialmente esta formación. Sin embargo, es de notar el hecho de que los que declaran esta razón, casi siempre la hacen coincidir con una preocupación por la calidad de su trabajo ya sentida con anterioridad y que, probablemente sea una de las condiciones para que se produzca el primer paso, o al menos una de las circunstancias coadyuvantes. Así cuando preguntamos específicamente por ello, o simplemente aparece en el transcurso de la entrevista, encontramos declaraciones del tipo:

 

“...yo llevaba tiempo pensando en que tenía que cambiar mi forma de dar clase porque no estaba conforme con ella, me parecía que tenía que innovar algo de alguna forma...”

 

“...pues no sé, quizás porque no estaba demasiado satisfecha con lo que estaba haciendo, o sea porque si hubiera estado demasiado contenta hubiera pasado…”

 

“ ese año estaba yo en la reforma y bueno, pues la idea de lo que se daba allí de.. en la reforma, pues no me gustaba mucho, ni con reforma ni sin reforma..”

 

- ¿tu ya te habías planteado en algún momento: no me gusta este tipo de enseñanza?

- “Si, lo que pasa es que no ves de que manera puedes tú cambiarla,..., igual con el

 tiempo no sé que hubiera podido pasar pero...”

 

 

“ estaba en una dinámica o yo misma me encontraba en una situación..., porque yo personalmente estaba en crisis, que yo no estaba muy conforme y parecía entonces que había una corriente de innovación didáctica dentro de las ciencias de la naturaleza y a mí me pareció que me debía de apuntar al carro, primero: porque yo no estaba muy conforme como estaba, segundo: porque estaba en plena crisis, tercero: porque no estaba muy segura si lo que yo hacía estaba mal, pero tampoco si lo que me iban a explicar los demás iba por esas corrientes que yo creía...”

“Si que es cierto que no me gustaba a mí, yo llevo el mismo tiempo que A. dando clase, y no estaba muy a gusto con lo que hacía, porque no, me daba cuenta que ni servía para mucho ni los alumnos me parecía a mí que tuviesen mucho interés en lo que hacíamos.”

 

“Porque la manera de dar clase, la manera que había de dar clase a mi alrededor no me gustaba nada, a mi no me gustaba aquello de ir a clase y contar la clase y que los alumnos no me hiciesen caso, y entonces aquello otro me pareció que podía resultar. Aunque sea un tópico, yo vengo de la FP, la gente de la FP, nos interesa menos que los alumnos aprendan contenidos, y nos interesaba más otros tipo de cosas, yo veía que a los alumnos de FP, aquello de contarles contenidos que era el método tradicional, ni a mí me gustaba, porque no me gustaba, ni a ellos les gustaba tampoco, bueno pues buscaba cosas…”..

 

La apabullante evidencia de los testimonios anteriores nos pone sobre la pista de que, probablemente, una de las primeras condiciones para que un profesor o profesora se implique en un proceso de cambio, que a la larga va a repercutir en su propia formación, es que sienta que el tipo de enseñanza que está dando no le satisface plenamente. Sin embargo, nuestros resultados apuntan a que, como se diría en matemáticas, se trata de una condición necesaria pero no suficiente.

 

Habida cuenta de que una parte de este trabajo se fundamenta en las teorías sobre el cambio, lo expresado hasta aquí, nos hizo pensar si no se podría establecer un paralelismo con los procesos de cambio conceptual que Posner et al. (1982), habían señalado para estudiantes, en los que esta primera condición, la de que tiene haber una insatisfacción con las concepciones existentes, no se considera más que una necesidad previa que requiere de otras condiciones que en su momento volveremos a ver si tienen paralelismos con lo observado en esta investigación.

 

Debemos de acotar, sin embargo y por otra parte, que es muy probable que la sensación de no estar haciendo las cosas lo suficientemente bien sea un sentimiento universal en algún momento de la vida profesional, incluso aunque muchos docentes jamás lo confiesen, o sustituyan esta sensación por un sentimiento de que sus métodos son correctos, pero que los alumnos que les han tocado en suerte no son los adecuados para ellos. Máxime en un periodo como el que hemos vivido en el que la necesidad de la formación del profesorado se ha martilleado constantemente sobre los oídos de nuestro paciente profesorado. Según esto, todos los profesionales de la educación cumplirían la primera de las condiciones necesarias para sufrir cambios, evidencia que no podemos constatar, aunque sí podemos afirmar, desde luego, que la práctica totalidad de los entrevistados ha sufrido crisis de este tipo.

 

Entonces, ¿por qué algunas personas reaccionan frente a esta posible crisis profesional implicándose activamente en la búsqueda de soluciones a sus problemas, en la formación profesional en este caso, mientras que otras no?  

Si tenemos que adelantar una respuesta, nos inclinamos a pensar que es muy probable que el contexto en el que se mueven muchos profesores y profesoras de este país, dominado por una cultura profesional extraordinariamente reacia a admitir que un profesor o profesora pueda tener carencias en su formación, lleve a reaccionar a la crisis anterior a muchos profesionales de la educación, echando la culpa a los alumnos de que su forma de enseñar no esté resultando suficientemente satisfactoria, lo que equivale a decir, simplemente, negándose a sí mismos la existencia de la crisis. Pero afirmar esto sería adentrarnos en terrenos más propios del psicoanálisis, lo cual, aunque pudiera ser interesante, no es evidentemente, nuestra intención por el momento.

 

Así que buscando interpretaciones que encajen en nuestros modelos teóricos de referencia y para las que sí tengamos evidencias, debemos significar de nuevo, que el hecho de estar descontento con su propia práctica, resulta que es más bien una circunstancia temporal, no una constante en la vida del profesorado, lógico por otra parte, puesto que ¿a quién le sería  posible convivir todo el tiempo con una coyuntura tan dura de asumir?, con lo cual, esta condición que parece ser necesaria para iniciarse en este tipo de procesos es muy probable que no se de durante todo el tiempo. Si a eso añadimos, como decíamos más arriba, que es una condición necesaria pero no suficiente, ello puede servirnos de explicación de muchas de las resistencias al cambio educativo y a la formación que encontramos en nuestros claustros.

 

La única forma de avanzar en esta cuestión, será indagando sobre las otras circunstancias que afectan a la iniciación en la andadura de la formación profesional, lo que haremos planteándonos las otras cuestiones citadas:

 

Segunda cuestión: ¿Se inician porque son estimulados por otros?

 

               Hemos hablado ya del entramado profesional, social y afectivo en el que se ve inmersa la entrada en la dinámica de la propia formación. Es aquí donde la presencia de otras personas se convierte en factor determinante. El contexto social en el que se desarrolla esta inevitable crisis puede ser la clave del camino que ésta va a seguir. Si se trata de un contexto que, en ese momento, refuerce el rol tradicional del profesorado, éste terminará por adaptarse a este papel, haciendo oídos sordos a su crisis; si por el contrario, coincide con un momento en el que están presentes en su entorno profesional, afectivo y social personas con intereses innovadores, es muy probable que las cosas tomen otro cauce.

 

“..para mí fue fundamental por ejemplo que F. apareciera en el Instituto, … probablemente si todavía estuviera con G. pues estaría haciendo la tesis doctoral, sobre las flores, quiero decir que, la teoría de sistemas dice que estas cosas son irreversibles...”

 

La presencia de estas personas con capacidad de innovación, estos líderes ignorados, podemos denominarlos, a nosotros particularmente nos parece que juegan un gran papel que tendremos que revisar repetidas veces, puesto que no sólo resultan ser determinantes a la hora de convertir en fructífera la inevitable crisis profesional de otras personas, sino que su estímulo o su ejemplo son coadyuvantes para que estas crisis se produzcan:

 

“..fue cuando realmente cambié, con una persona que estaba en mi instituto y que tenía otras ideas,..., y escribió un artículo en una revista que,..., yo creo que para mi, aquél artículo fue un poco el que.. el que cambió realmente toda mi vida profesional..”.

 

“Empecé a entrar en lo de la Educación Ambiental por influencia de otra persona,..., ella había empezado a hacer algún curso..., fue la que me empezó a hablar, más que otra cosa...”

 

La percepción del inicio del cambio, aunque pueda haber una persona a la que se identifica con este primer paso; persona que, con frecuencia es, además, un líder que mueve a un grupo más amplio, es poco frecuente que sea una cuestión sólo de dos, lo habitual es que vaya asociada a la existencia de grupos de trabajo más amplios, dentro de los cuales los participantes se sienten protagonistas y así suelen referirse al grupo como motor del cambio:

 

“..coincidió que entré a formar parte del grupo éste de trabajo.. y bueno, se me abrieron otros campos y otras maneras de...”.

 

“ ..para montar un grupo de trabajo dentro del instituto, porque ya para entonces habíamos enganchado a S. del seminario de física y a otra chica del seminario de historia”.

 

“No. el detonante, realmente yo creo que no fue la reforma, el detonante fue que nos juntamos una serie de personas que teníamos ciertas ganas de hacer algo..”

 

Como veíamos en el capítulo segundo, las intervenciones públicas en materia de formación del profesorado han buscado siempre, con mayor o menor empeño, bien como la estrategia principal o bien como una estrategia complementaria, la formación de estos grupos de trabajo, los profesionales objeto de esta investigación se decantan por esta opción como una de las claves de su formación, o al menos del inicio de ella. Sin embargo, el número de estos grupos en activo es francamente reducido a pesar de que cada año los C. P. R. abren convocatorias para su formación. ¿A qué se debe tan poco éxito en algo que, al final según nuestros datos, resulta ser la opción más gratificante para el profesorado y la que más éxito tiene? Esta es una cuestión que debatiremos con más profundidad en próximos capítulos.

Tercera cuestión ¿Se inician porque se ilusionan ante una nueva perspectiva?

 

 

Es posible que, de una manera parecida a la que se prescribe en el modelo de Posner et al. ya citado anteriormente, para que se produzca el cambio debe haber una nueva concepción, alternativa a la anterior, que sea inteligible y que parezca inicialmente plausible. Es la misma opinión de Imbernón (1994): “También es fundamental que la formación suponga una mejora profesional inteligible y que esté suficientemente explicitada y resulte comprensible”. Tenemos evidencias claras de que esta condición es fundamental a la hora de explicar la dinámica, o incluso la propia existencia de los grupos de trabajo:

 

“al entrar aquí, pues empecé a descubrir una nueva manera de…, de enseñar, a ver que existen otras formas y bueno, pues que son maneras de hacer bastante distintas de las que yo conocía”.

 

“.. nos presentó las unidades didácticas y me pareció algo muy atractivo, …, yo ya había intentado plantear algo innovador a mis compañeros de departamento y me miraron como si me hubiera caído de un guindo, así que me puse en contacto con él y me incorporé al grupo”.

 

“… y que además sé que funciona o que puede funcionar”.

 

 

               La evidencia de que la formación puede iniciarse cuando una opción de este tipo se vislumbre en el horizonte profesional es clara, pero no añadiríamos demasiado si no nos planteáramos qué es lo que hace que unas opciones sean plausibles y otras no. Por lo que podemos extraer del análisis de los textos anteriores, vemos que la plausibilidad parece ir unida a dos cosas: la existencia de materiales, materiales que supongan un cambio metodológico en las estrategias de enseñanza aprendizaje que se perciba como poco arriesgado y segundo, a la presencia de otras personas con las que colaborar y discutir, así estas personas de alguna forman, soportan una parte de los riesgos, que una de estas personas sea un experto o un líder con cierto carisma, parece facilitar todavía más la disminución del riesgo.

              

Para intentar demostrar que la existencia de una alternativa inteligible y plausible es una de las grandes claves de la implicación en la propia formación, nos interesa también interrogarnos acerca de esta circunstancia en los demás casos, tanto en aquellos en los que la formación se encamina hacia cursos o aquellos en los que los grupos fracasan, como en el siguiente testimonio:

 

-     “Entonces era un seminario en el que se planteó un tema que era la energía, como tema interdisciplinar, enfocado desde tres seminarios: historia, ciencias naturales y física y química…, pero luego se apuntó gente de lengua, de euskera, de dibujo, de matemáticas…; total que estuvimos trabajando un año y A. se fue y quedamos S. y yo y..”

 

-     ¿y el resto de la gente?

 

-     “El resto de la gente…, lo que pasa claro es que hay que explicar, la gente se apuntó al carro rápidamente, pero exactamente apuntarse al carro, o sea sin más…, fue una cosa penosa”..

 

 

“Seguimos en ese grupo, durante dos o tres años y luego ya nos aburrimos…”

 

 

- “…estaba interesado en formar un grupo de profesores, indistintamente fueran profesores...

 

- ¿Intentando repetir un poco la experiencia del otro lado?

 

- Si, pero no conseguí cuajar, en un grupo de gente de ciencias la formación de un grupo.

 

- ¿Por qué piensas que el grupo de Soria tuvo éxito y el de aquí no?

 

- Posiblemente por la propia personalidad de los integrantes, es decir, creo que son las cualidades personales las que influyen y que hacen que cuaje o no cuaje.”

 

              

En contra de la opinión de nuestro último informante, a nosotros nos parece evidente que los profesores y profesoras se comportan como jugadores racionales, están dispuestos a implicarse en actividades de autoformación, aunque les exijan un esfuerzo suplementario al de su trabajo obligatorio o al de su jornada laboral si ven ventajas en ello para sí mismos o para facilitar su trabajo en el aula, por supuesto que entre las ventajas se encuentra como repetiremos constantemente a lo largo de este trabajo, la de encontrar unas relaciones personales satisfactorias, pero, insistimos, se comportan como jugadores racionales que evalúan rápidamente las posibilidades de la alternativa que se les ofrece, rechazándola si no la ven realmente inteligible y plausible.

 

               La perspectiva de que aparezca una alternativa plausible e inteligible es de más difícil justificación en los casos en que el profesorado apuesta por cursos de formación, pero por lo que escuchamos en alguno de nuestros testimonios puede ser válida también en estos casos:

 

-     “…y bueno, por ahí empecé yo a barruntar algo de cómo utilizar la Educación Ambiental en la enseñanza y cuando vine dije: bueno es que lo del ecologismo, bien, cuando llega el momento y es una cosa puntual pero yo desde mi profesión puedo hacer, o seguir haciendo cosas con la Educación Ambiental,.. entonces empecé a interesarme por lo de la Educación Ambiental. Oí hablar de M. en una conferencia o un congreso que hubo de la Junta y fui un día a escuchar las conferencias, habló ella, me gustó como se expresaba y las ideas que tenía de Educación Ambiental, le pregunté al final, me dijo, pues nosotros hacemos un master, si quieres, pues dije, ¡ah bien!, llamé, pedí la información, me la mandaron y me apunté.

 

-     Debías de estar ya muy interesada cuando te decidiste a gastar prácticamente un millón de pesetas, ¿no?

 

-     Si.”

 

 

“…yo quería saber lo que se cuece por ahí, o sea que se entiende por Educación Ambiental, qué opina sobre la Educación Ambiental otra gente que no seamos nosotros”.

 

 

Cuarta cuestión: ¿Buscaban formación en Educación Ambiental?

 

En relación a lo que hemos tratado en el punto anterior, no deberíamos dejar sin discutir esta cuestión y otras relacionadas, ¿se iniciaron en la formación, dirigiendo sus pasos hacia la Educación Ambiental específicamente? o ¿se iniciaron en la formación, a secas, y el hecho de que se “especializaran” en Educación Ambiental fue una circunstancia más en este proceso?

 

La pregunta se le planteó específicamente a cada uno de ellos, alguna respuesta es especialmente significativa:

 

-     ¿Tu en realidad buscabas Educación Ambiental o te daba lo mismo?

 

-     Bueno es que tiene que ser Educación Ambiental, porque dentro de mi asignatura no puede ser otra cosa..

 

-     Podría ser Educación  para la Salud,..

 

-     No, no, vamos, es que si no me gustan los contenidos…. A mi lo de la anatomía, etc. no me va,.. si me gustasen esas cosas, yo creo que me hubiera gustado dar clase tradicional”.

 

 

Es evidente que no todos los entrevistados lo tenían tan claro y como era de esperar, la respuesta a las preguntas anteriores resultó muy distinta según se tratara de profesores pertenecientes a cada uno de los dos grupos que nosotros hemos elegido para nuestro trabajo, los que se habían implicado en proyectos educativos “en acción” y los que habían realizado cursos de alto nivel. Decía Terradas en las Segundas Jornadas Nacionales de Educación Ambiental , que había que distinguir dos clases de enfoques en la Educación Ambiental, el “pedagogista”, de aquellos en los que predomina lo educativo sobre lo ambiental, es decir de aquellos que enfocan ésta como una perspectiva fundamentalmente educativa, y otro enfoque “ambientalista”, de aquellos que hacen predominar lo ambiental sobre lo educativo, en este caso podríamos decir que se imponen los aspectos más conservacionistas o ecologistas.  Pues bien, en este caso parece ocurrir lo mismo, los que se iniciaron a través de proyectos serían los más “pedagogistas” ya que manifiestan cosas como:

 

“..pues esto es así, si en vez de llegar F, llega G., pues estaría probablemente mi crisis y mi duda pues hubiera sido hacia las plantas, me hubiera dedicado a hacer una EATP de botánica medicinal”.

 

“…allí contacté con unos compañeros que tenían inquietudes por hacer cosas en Educación Ambiental como de didáctica en general y bueno hicimos algunas cosas..”

 

“ Ya en el grupo descubrí pues todo esto de la temática medioambiental, o el enfoque de una serie de contenidos desde el punto de vista medioambiental, y bueno, luego además estos temas pues son muy atractivos, cada vez tienen más importancia y también son, para los alumnos, también son quizá más inquietantes, más atractivos...en general”.

 

 

Mientras que los que se apuntaron a cursos nos informan de otra perspectiva más centrada en lo que es la ecología o la propia Educación Ambiental:

 

“Yo no entendía lo que era EA, no siquiera sabía que se llamaba eso EA, entiendes, yo entonces lo hacía porque me parecía que dentro de la biología pues era importante que los alumnos lo supieran, pero vamos era una forma.., yo hacía ecologismo, más que Educación Ambiental era ecologismo. Y luego los llevé a visitar las fábricas que contaminaban, a ver la contaminación, los llevé también a ver en un monte que había allí el vertedero, y les expliqué por qué contaminaban, pero ya te digo que desde el punto de vista de la lucha ecológica…

…Luego en otro parque asistí también a unas jornadas de Educación Ambiental y, bueno, por ahí empecé yo a barruntar algo de cómo utilizar la Educación Ambiental en la enseñanza y cuando vine dije, bueno es que lo del ecologismo, bien, cuando llega el momento y es una cosa puntual pero yo desde mi profesión puedo hacer, seguir haciendo cosas con la Educación Ambiental …”

 

Quinta cuestión: ¿Cuál es el lugar donde se busca la formación? o ¿la reforma promueve la formación del profesorado?

 

“No. el detonante, realmente yo creo que no fue la reforma, el detonante fue que nos juntamos una serie de personas que teníamos ciertas ganas de hacer algo..”

 

Es interesante, al hilo de esta afirmación que ya habíamos utilizado más arriba, indagar sobre el lugar donde se produce la entrada en el camino de la formación, así como, al hilo de ello, interesarnos por el papel que juega, o ha jugado en su momento, la introducción de la reforma.

Como vimos en los capítulos iniciales, la reforma educativa fue pasando por diferentes etapas, que parecen haber resultado muy diferentes en cuanto a la creación de contextos que colaboren en la decisión de involucrarse en la propia formación. Así los profesores que iniciaron su andadura profesional durante la primera fase de implantación de la reforma experimental, que es la época cuando se crean los CEPs, hacen afirmaciones de este tipo:

 

“ yo recuerdo que hemos ido al CEP y hemos trabajado mucho y muy a gusto...”

 

“Coincidió a la vez con.. con toda la historia de que empezaba la reforma,..”

 

“..fue un momento en el cual se crearon los CEPs en el año 83 y nuestro centro fue un centro piloto en la reforma y se nos animó desde la dirección provincial a trabajar en cosas... A raíz del 83, si, a raíz de iniciarse, digamos un poco, todo el proceso de reforma.”

 

Sin embargo, cuando se empieza a anticipar la reforma, con la aprobación de la LOGSE, las declaraciones modifican cualitativamente su contenido, aunque se podría seguir considerando a la reforma como un motor que, hasta entonces había “tirado” de determinados profesores para implicarlos en su formación, a partir de ese momento, parece que se pudiera tratar más bien de un motor en sentido negativo, que en vez de tirar de los profesores los empuja hacia ella aunque ellos no la deseen, los profesores se apuntan a cursos o se implican en grupos de trabajo para intentar salvar la situación que se les viene encima de la mejor manera posible:

 

“…había una serie de materiales hechos, lo cual también te facilitaba el trabajo... y por eso empezó lo de estar en el grupo...”.

 

“..pues al entrar en Solares, había reforma, ahí estaba F., conocía los materiales que estaba utilizando el grupo y me comentó que podía ponerme en contacto con M. para ver los cuadernos y las unidades...”.

 

”..  por lo que el entrar en este grupo me parecía una idea buena, por cambiar  de forma de dar clase, por hacer otras cosas...”.

 

Pero otros de los que se vieron implicados en la implantación anticipada de la reforma, tienen muy claro cuál fue la importancia relativa de ésta a la hora de explicar los motivos de su interés por la formación:

“Y el estar en la reforma desde luego que no, o sea, yo estuve en reforma porque era la última que había llegado al instituto y nos metieron en reforma sin saberlo ni beberlo”.

 

Aunque algunos encontraron que si bien la reforma no proporcionaba formación en sí misma, al menos podía procurar algunas ventajas:

 

 

“La reforma coincidió en el tiempo. A mí me ha venido muy bien que hubiese reforma porque si no la hubiese habido pues igual hubiese tenido más difícil hacer cosas..

En la época en la que yo empecé pues tenía la reforma en vistas, pues la gente estaba más… estaban los que siguen estando renegados de la reforma y aquellos que decían: Bueno, como va a llegar la reforma…,  y vamos esa es una de las razones de que no tuviésemos problemas en los institutos para hacer cosas”.

 

 

Sin embargo y, como el título de este punto anuncia, el lugar donde los profesionales acceden a la formación es una cuestión mucho más amplia y que permite un debate mayor. Nosotros nos habíamos fijado como metas de este estudio, conocer qué había pasado a profesionales que habían optado por integrarse en proyectos y los que habían optado por hacer cursos de alto nivel. Cuando empezamos a trabajar con ellos, encontramos una enorme variedad de matices que aun, permitiendo mantener el enfoque de la investigación en estos dos colectivos, representaban en la práctica todo tipo de combinaciones. Digamos que todos los profesores habían hecho algún tipo de curso de menor tamaño que los que decidieron su inclusión en este estudio. ¿qué buscaban en estos cursos y qué encontraron?

 

Ya desde que se iniciaron las entrevistas al profesorado objeto de la investigación, una de las primeras cosas en llamar la atención de los investigadores, fue el escaso valor que ellos y ellas, individualmente, concedían en su formación a determinadas actividades etiquetadas como de “formación del profesorado” y a las que, sin embargo, colectiva y administrativamente se concede una gran importancia, en concreto al desarrollo de cursos de mayor o menor duración. Esto hacía declinar en parte una de las líneas de trabajo sobre las que se asienta esta investigación, en la que se suponía que la asistencia del profesorado a cursos de formación producía una formación quizá cualitativamente diferente de la que se obtiene implicándose en proyectos, pero también valiosa.

 

-     “lo que no puedes pedir a un profesor es que esté hasta las tres de la tarde y luego de cinco a nueve en los CEPs  y además fuera de su entorno”-

-     O sea que tú los CEPs los quitabas.

-     “Para mí no tiene mucho sentido, no, y eso que no soy de derechas, pero yo, los quitaría.”

 

-     “no, he hecho algunos otros cursos,.. pequeños”.

-     ¿qué tipo de cursos?

-     “Pues he hecho…, hice otro también, ahora exactamente no me acuerdo…, (risas), sé que era un curso…”.

-     ¿de qué trataba?

-     “Pues… no demasiado, no me acuerdo ni del título, o sea que…, (risas)”.

-     Está claro que no impactó mucho en tu formación…(risas).

 

-       ¿y la formación del profesorado, o sea, cursos y demás, ha influido en tu formación?

-     “Yo creo que no”.

 

 

-     ¿En el CEP no has hecho nada?

 

-     Si, he debido de hacer un curso de tutorías, o algo así.., es que no, o sea yo a los cursos de los CEPs, a los dos o tres que he ido, creo que uno era de tutoría… ya no me acuerdo de qué más, como no me han gustado nada, desde entonces no he vuelto a hacer. A mí no me gustan los cursos que he hecho.

 

Sin entrar todavía a analizar los efectos que sobre la formación puedan tener unas u otras estrategias, si que podemos ir adelantando que es evidente el desprestigio que la formación proveniente de los planes oficiales tiene sobre los profesionales investigados, o precisando mejor: es evidente el desprestigio que los actuales centros de formación del profesorado, los denominados CPRs tienen entre el profesorado, que los ha convertido en el lugar donde se consiguen los créditos que se necesitan para acceder a los sucesivos complementos de formación permanente, los “sexenios”, pero que no se considera un lugar con opciones cuando de verdad se busca formación. No conocemos si este dato concuerda con las evaluaciones oficiales sobre esta formación, pero desde luego observamos que la promulgación de la LOGSE coincidió con el inicio de este desprestigio de la formación emanada de los Centros de Profesores, que hasta entonces habían conseguido iniciar su andadura con una cierta valoración por parte del profesorado que acudía a ellos. Es verdad que este profesorado era escaso en número, pero parece que era bastante más entusiasta que el que le sustituyó, el resultado final del proceso es el escaso entusiasmo con la institución y la formación emanada de ella que muestran en la actualidad unos y otros.

 

               No podemos abandonar este espacio dedicado al debate sobre los lugares donde los profesionales buscan su formación, sin recordarnos que la reflexión sosegada basada en la lectura ha sido siempre una de las formas principales de acceso al conocimiento humano. Sin embargo, a la hora de indagar por su formación, nos sorprendió enormemente encontrar que los profesionales hacían escasa referencias a aprendizajes derivados de la lectura, de alguna manera llegamos casi a la conclusión de que la mayor parte de los profesores no leen literatura pedagógica ni siquiera en los casos en que se encuentran inmersos en proyectos donde esta literatura resulta esencial:

 

“..y es mucho más atractivo también el hecho de tener que salir a la costa y esas cosas, que no estar aquí siempre.. leyendo..”

 

 Discutiremos esta cuestión con más profundidad en el capítulo VII, cuando hablemos de los cambios que sufre el profesorado durante su formación.

 

Sexta cuestión: ¿Cuál es el papel de los materiales curriculares?

 

Si la implantación de la reforma no parece haber entusiasmado al profesorado con la idea de implicarse en su formación, debemos buscar otros lugares para encontrar hacia donde dirigieron sus primeras intenciones formativas. Una de las hipótesis iniciales de este trabajo fue la de que la implicación del profesorado en proyectos didácticos, generalmente ligados a grupos de trabajo, era un elemento formador muy importante. Esta hipótesis se ve ampliamente corroborada por los hechos, o al menos por las afirmaciones de nuestros corresponsales, los cuales encuentran en el proyecto y en el grupo que lo lleva adelante ventajas que, además, nos pueden permitir identificar cuáles son algunas de las razones que permiten hacer funcionar a un grupo. La importancia de los aspectos sociales ya la hemos discutido con anterioridad, pero encontramos también que entre las ventajas de trabajar en un grupo adquiere especial relevancia que el grupo tenga un proyecto y que lo tenga reflejado en unos materiales didácticos:

 

“ no creo que mucha gente tenga la suerte de estar en un grupo donde más o menos te sientes apoyado, estás trabajando en lo mismo. Puedes no tener las mismas ideas sobre educación, puedes no estar en el mismo nivel y puedes tener diferentes concepciones sobre la enseñanza, porque yo creo que entre todos, es palpable que no todos hacemos lo mismo, pero sin embargo creo que tiene un poco de droga el grupo...”.

 

“ pues debido a que, fundamentalmente al apoyo del grupo, a que estoy haciendo algo que hacen los demás, y que pues si voy a tener dificultades tengo un apoyo…”.

“ quiero decir que a lo mejor, el proyecto tiene en sí un poco de enganche para determinadas personas...”.

 

“¿y qué espero del grupo? Pues.. yo sola no puedo plantearme una empresa como la que tenéis vosotros organizada, porque bueno, primero soy una simple maestra, para empezar, entonces...bueno, si ya.. ja, ja, ja, no tendrá nada que ver, pero vosotros tenéis unos conocimientos mucho más amplios que yo; luego tenéis una experiencia en trabajar de esta forma ya de años, no es algo de ayer”.

 

“la verdad es que... que eso, que simplemente la idea de entrar en el grupo era para ayudarme, para facilitarme mi labor después en el aula, en mi trabajo...”

 

Creemos, tras lo visto, que el profesorado no tiene capacidad ni tiempo para elaborar materiales curriculares de calidad, que le resuelvan realmente el trabajo del aula, en la mayor parte de los casos. El partir de unos materiales básicos que todos asumen pero que pueden modificar y contribuir a su evolución es una de las estrategias que, aunque con limitaciones, ha permitido a estos profesores y profesoras iniciar un camino de desarrollo profesional fructífero.

 

Séptima cuestión: ¿Se inician porque pretenden una mayor valoración profesional?

 

Esta cuestión tan delicada a la hora de conseguir evidencias en un ámbito cuya cultura profesional marca de cerca a los que pretenden salirse de los cauces preestablecidos, tachándolos de “trepas” y otras lindezas semejantes, está relacionada claramente con todas las anteriores, tiene que ver precisa­mente con el papel que te asignan los otros, con el reconoci­miento o no reconocimiento social, profesional o hasta económico de tu tarea. Partiendo de la idea de que las personas necesitamos un reconocimiento social a lo que hacemos, el lugar donde el profesorado encuentre el necesario reconocimiento a su tarea estará directamente relacionado con el tipo de profesor que quiera ser o, al menos, con el tipo de profesor al que se ve abocado a ser. Entraríamos así en una segunda parte de los problemas estudiados o por estudiar, los derivados de la participación en organizaciones cuyos cambios o no cambios interfieren positiva o negativamente en los que pueda sufrir un profesor/a particular.

 

Un primer problema, sobre el cual además se ha especulado mucho, es el de la pérdida de valoración social que el profesorado percibe acerca de su trabajo. Sin embargo, para el problema que nos afecta, no nos interesa demasiado la valoración del profesorado en el contexto social no profesional, aunque pudiera explicar muchas cosas, más bien nos interesamos por lo que ocurre dentro del sistema profesional, coincidiendo con bastantes estudios que dirigen la mirada hacia que los problemas del profesorado en cuanto a la valoración social de su trabajo se encuentran en las propias organizaciones donde se desarrolla este trabajo, centros escolares y sistema educativo (Rudd y Wiseman, 1962; Blase, 1982; Litt y Turk, 1985), idea que como profesionales docentes compartimos. Las resistencias al cambio que manifiestan los sistemas, en el caso de la formación del profesorado, vienen frecuentemente de la desaprobación social en estos contextos, desaprobación que además como señala Esteve (1987), no es explícita sino que se manifiesta como rumor, a lo que nosotros añadimos que frecuentemente adquiere la forma de ignorancia más o menos premedi­tada sobre esta formación. “No hay mayor desprecio que no hacer aprecio” dice un viejo refrán castellano, y esto es a menudo lo que encuentran los profesores tras gastar sus energías y su tiempo en su formación.

 

De todas formas, no perdamos de vista que es un problema en el que las expectativas propias tienen mucho que decir, aquellos profesionales que no esperan mucho reconocimiento público, satisfacen más fácilmente sus demandas que los que esperan mucho. En un artículo de periódico publicado el pasado año, el psiquiatra Rojas Marcos, manifestaba que el autoengaño es la característica más destacada de la mente humana. A nosotros desde luego después de lo visto, y sin llegar a afirmar que los profesores se engañen a sí mismos al respecto, nos parece que la forma en que el profesorado perciba que le están juzgando, puede jugar también un papel importante. “Es la percepción, no la realidad, lo que resulta crucial para la determinación del comportamiento” (Rogers, 1972).

 

              La referencia teórica que estamos siguiendo es la del interaccio­nismo simbólico, según la cual los significados sociales (Blumer, 1969) que estos profesionales interpretan como existentes en sus interaccio­nes sociales van a ser los que les indiquen el camino a seguir.

 

La tradición, posiblemente de raíces religiosas, en que se mueven estas cuestiones en nuestro sistema educativo, según la cual no deben hacerse cosas para obtener beneficios personales y por tanto no se debe hablar de ellos, ha llevado a que los profesionales entrevistados no hayan sido muy explícitos al respecto, pero de alguna manera esta cuestión ha estado presente en todas las entrevistas:

 

               “… es más tenemos una entrevista publicada en el periódico semanal…”

 

 Sí podemos aventurar una idea, la aprobación social en la autoformación se consigue también más fácilmente cuando se pertenece a un grupo, primero porque los riesgos se diluyen al tratarse de algo colectivo, segundo porque la relevancia profesional del líder o del propio grupo puede servir de justificación ante terceros. La obtención de algún tipo de ayudas o premios a la innova­ción o al desarrollo curricular suele ser esgrimida, junto a las anécdotas de aprobación procedentes de los padres, como argumento de que su trabajo goza de parabienes y de que es aprobado socialmente:

 

“recuerdo que fue un diciembre y, bueno, el hecho de que nos hubieran dado aquél dinero significó que en el instituto, más o menos teníamos las puertas abiertas....,  vamos, que como un reconocimiento un poco más oficial de que aquello que estaban haciendo unos locos de ciencias, pues parece que era algo que el ministerio consideraba.”

 

               Hay un segundo grupo de razones más pragmáticas, la iniciación en la formación con un premeditado interés de escalar posiciones, bien dentro de la profesión o del sistema educativo, casi siempre pensando en ocupar puestos administrativos o de gestión, bien con vistas a futuras o no tan futuras posibilidades profesionales fuera de ella. ¡Paradoja!, algunos profesionales de la educación acceden a la formación profesional para intentar abandonar la profesión.

 

               Los escasos testimonios de este tipo, ya que como comentábamos más arriba, son razones que chocan con el consenso colectivo cultural acerca del altruismo deseable en las acciones, se recogieron siempre en entrevistas no grabadas, o sea en conversaciones informales con profesores que realizaban o habían realizado cursos pagados de su bolsillo particular, pero que, sin embargo, conocían las razones de nuestro interés.