Capítulo III.  La Educación Ambiental 

 

               Del mismo modo que hemos hecho para con el proceso de reforma, debemos analizar el particular contexto en el que se desarrollaron las acciones formativas relacionadas con la Educación Ambiental, es decir, cuál era la situación de la Educación Ambiental, tanto desde la perspectiva de su desarrollo teórico, como la de su puesta en acción en los centros educativos u otros lugares, y del conocimiento que el conjunto del profesorado, y especialmente nuestros informantes, tenían respecto a ambas cuestiones.

 

Es un hecho que la Educación Ambiental no existió siempre como parte del interés educativo, es más, la totalidad de los profesores objeto de esta investigación, iniciaron su andadura profesional ignorantes de la existencia de esta materia, tema o como queramos llamarla. Aunque los orígenes de la Educación Ambiental puede considerarse que se remontan hasta la época de Roisseau (1712-1778), quien por entonces ya defendía la idea de que al naturaleza era “nuestro primer maestro”, convencido de la bondad intrínseca del ser humano, cuya bondad sería fácilmente conseguida con una educación en libertad y en contacto con el medio natural, ideas éstas que fueron recogidas por algunos grupos y profesionales de la educación y que, incluso perviven en muchos discursos actuales, sin embargo, la  Educación Ambiental prácticamente no empezó a existir de forma oficial hasta la celebración de la Conferencia de Estocolmo en 1972. Aunque los profesionales que hemos estudiado, en esas fechas eran todavía estudiantes, la lentitud con la que el sistema educativo adopta las innovaciones de todo tipo que se van generando en el mundo, explica que ellos y ellas no tuvieran conocimiento de esta disciplina hasta bien iniciada su profesión docente, con lo cual, la Educación Ambiental no existía de hecho para ellos durante su iniciación profesional.

 

               Aunque los antecedentes de la Educación Ambiental en nuestro país se pueden encontrar en las escuelas de verano y en los movimientos de renovación pedagógica surgidos en las postrimerías del régimen anterior, cuyo auge principal se produjo con los aires de libertad que trajo la democracia recién estrenada[1], parece cierto que la Educación Ambiental aquí, no existió de forma más o menos oficial hasta que en 1984 se celebraron en Sitges, las “I Jornadas Nacionales de Educación Ambiental”. A éstas siguieron las “II Jornadas Nacionales de Educación Ambiental” en Valsaín (Segovia), coincidentes con la inauguración del CENEAN (Centro Nacional de Educación Ambiental), el Seminario de las Navas del Marqués (1989), y los Seminarios Permanentes para la Introducción de la Educación Ambiental en el sistema educativo (1989-1994) como principales iniciativas institucionales. Por supuesto que en este espacio de tiempo se realizaron jornadas y reuniones en prácticamente todas las comunidades autónomas.

 

Si es interesante destacar que estas iniciativas vinieron del Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo, el entonces denominado MOPU, que después recogió la denominación específica del término Medio Ambiente. El Ministerio de Educación tardó mucho tiempo en interesarse seriamente por la Educación Ambiental, teniendo una participación muy limitada en las actividades citadas.

 

               Pero no perdamos de vista que cuando nuestro país se incorporó, por fin, a este movimiento, el desarrollo de la Educación Ambiental a nivel internacional había sido ya notable, habiéndose celebrado las reuniones internacionales de Belgrado (1975) y Tbilisi (1977) cuyas conclusiones, incluso hoy en día, se consideran los referentes obligados a la hora de definir qué es la Educación Ambiental. Tras el congreso de Moscú de 1987 y la “Cumbre de la Tierra” de Río de Janeiro de 1992, en la que se adoptó como principal referencia la metáfora del desarrollo sostenible, la Educación Ambiental adoptó el bagaje teórico y de objetivos con la que se define en nuestros días.

 

                      Es posible que esta juventud de la Educación Ambiental, haya influido en muchas de las cuestiones que afectan a este trabajo, incluso es muy posible, que los orígenes de la Educación Ambiental en España, asociados a los Movimientos de Renovación Pedagógica y Escuelas de Verano, tengan mucho que ver con el modelo teórico al que podemos asociar ésta en la práctica. Así, mientras la práctica totalidad de los referentes internacionales remiten a unas fuentes teóricas de carácter sistémico o de complejidad, el ejercicio de la Educación Ambiental en nuestro país se movía en la frontera entre un “ingenuismo” de carácter neorousssoniano, entre el activismo derivado de las ideas piagetianas tan en boga para los movimientos citados y entre el conductismo tecnocrático que, débilmente, eso sí, nos impregnaba desde los, entonces, mucho más desarrollados países anglosajones.

 

                      Debemos hacer referencia, también, que la Educación Ambiental ha encontrado un desarrollo más amplio en sectores extraescolares que en el propio sistema educativo, el cual, digámoslo sin pudor, se ha convertido con frecuencia en el lugar donde se buscaban los clientes para este sector externo a las aulas. De hecho, casi se podría configurar una pequeña historia de la Educación Ambiental, basada en el tipo de estrategia extraescolar que estuviera de moda en cada momento. Veríamos que en una primera época, estuvieron de moda los itinerarios didácticos, transvasados a nuestro entorno a partir de experiencias procedentes de Gran Bretaña, principalmente. El auge de este tipo de publicaciones llevó a que prácticamente no hubiera ayuntamiento o espacio natural de una cierta importancia donde no se diseñara y publicara alguno. Nosotros hemos llegado a tener más de cincuenta publicaciones de este tipo en nuestro poder y, desde luego, podemos constatar que la fundamentación teórica de la gran mayoría de ellas era simplemente inexistente. Los itinerarios didácticos fueron una fuente de ingresos para algunos biólogos en paro, o una forma de publicar algo para algunas personas con influencias, pero desde el punto de vista educativo, resultaron de muy escaso interés y, salvo contadas excepciones, fueron muy poco utilizados por escolares. Solamente aquellos que fueron adoptados por alguna institución e integrados en algún programa de salidas escolares, han sido utilizados con asiduidad. Sin embargo, debemos admitir que algunos de los pocos que fueron realmente utilizados, supusieron una importante fuente de conocimientos pedagógicos sobre la Educación Ambiental para determinados grupos de investigación.

 

                      A los itinerarios les siguieron los equipamientos de diferente signo, entre los que las Granjas Escuela, son el ejemplo más significativo. De promoción casi siempre privada, marcaron el inicio de la verdadera entrada de este sector en la economía educativa ambiental. Como casi se puede deducir de su nombre, su esencia pedagógica es típicamente “neorrusoniana”, basada en la idea de que los niños y niñas ciudadanos desconocen siquiera “que los pollos son unos animales que tienen plumas”, según una frase acuñada por los defensores de este tipo de equipamientos. Idea que, por cierto, cualquiera puede comprobar que no es cierta y que, en todo caso, nunca constituiría lo que hoy en día denominamos como un error conceptual.

 

                      Los grandes equipamientos para la Educación Ambiental tomaron el relevo de las granjas escuela por parte de las instituciones públicas como el ICONA con el CENEAN y Ayuntamientos y Diputaciones o por parte de instituciones semiprivadas como es el caso de la Cajas de Ahorro. La aparición de estos grandes equipamientos, supuso una dura competencia para el incipiente sector privado representado por aquellos albergues que pretendían sobrevivir del sector educativo ambiental, puesto que la política social de precios de los centros promovidos por instituciones los dejaba en franca desventaja. Desde otro punto de vista, estos grandes equipamientos han servido en muchos casos para constituir un sector profesional con capacidad para aportar algo al desarrollo de la Educación Ambiental teórica.

                     

                      En el sistema educativo, las cosas han ido más despacio y muchas veces a remolque de las acciones de estos sectores externos que hemos comentado en los párrafos anteriores. Las actividades o programas de Educación Ambiental generadas en los propios centros han sido escasas, y aunque probablemente hayan tenido mucho más valor pedagógico que las anteriores, su difusión ha sido escasa y el apoyo que encontraron probablemente mínimo en la mayoría de los casos. La decisión ministerial de considerar a la Educación Ambiental como un tema transversal, aunque desde el punto de vista teórico sea acertada, desde el punto de vista de lo que ocurre realmente en los centros, mucho nos tememos que la condena a no existir o a seguir siendo algo extraescolar en la mayoría de los casos.

 

Con lo que llevamos dicho hasta ahora, está claro que para nuestro sistema educativo, la Educación Ambiental se caracteriza por ser una disciplina con escasa tradición y con escaso bagaje teórico a sus espaldas, por lo que casi podemos afirmar que se encuentra en una fase preparadigmática. El débil debate planteado para dotarla de un modelo teórico en nuestro país, creemos que se ha jugado principalmente entre un escaso grupo de expertos como por ejemplo los pertenecientes a los seminarios permanentes citados más arriba.

 

Sin embargo, se han realizado algunos esfuerzos por impulsar una Educación Ambiental teóricamente bien fundamentada, sería por ejemplo el caso del curso de Máster en Educación Ambiental de la UNED, (Novo, 1990), centrado básicamente en la aplicación del modelo teórico sistémico. De forma similar, parte del equipo que realiza esta investigación contribuyó a que el modelo sistémico, junto a los aspectos constructivistas y la teoría crítica, fueran la referencia epistemológica básica en el Postgrado de Educación Ambiental de la Universidad del País Vasco, (Nuño et al., 1995) . Otros muchos, entre los que nos encontramos, han divulgado estas referencias teóricas en CEPs y otros lugares donde el profesorado recibía formación.

 

              El enorme esfuerzo económico que para las Administraciones o para los propios participantes han supuesto estos cursos, es una de las razones de que consideráramos importante para nuestra investigación incluir entre los sujetos a investigar a alguno del escaso número de profesionales con presencia en el aula que participaron en ellos.



[1] Aunque muchos autores consideran que la “Institución Libre de Enseñanza” y otros movimientos de la época son realmente los antecedentes de la Educación Ambiental.