Capítulo II. La Reforma educativa.

Los profesionales a los que se refiere este estudio de caso, son todos profesores y profesoras de Enseñanza Secundaria, todos ellos han desarrollado su trabajo coincidiendo con la puesta en marcha de la reforma educativa, algunos participaron en los primeros pasos de la llamada reforma experimental y todos han participado de la implantación de la reforma tras la aprobación de la LOGSE, con lo que, a priori, podríamos pensar que su contexto de formación profesional podría haber estado influenciado, en mayor o menor grado, por esta circunstancia. Tras la realización del trabajo podemos afirmar que es seguro que esto ha sido así, aunque no exactamente en la línea que, probablemente, pretendían los promotores de la citada reforma, como veremos más adelante.

 

               Existen numerosos documentos oficiales que tratan sobre la reforma, por lo que a nosotros no nos interesa aquí hacer un estudio exhaustivo acerca de ésta, lo que no interesa sobre todo es detallar aquellos aspectos que puedan tener importancia para describir el contexto de la formación del profesorado y comprender las circunstancias que pudieran haber influido sobre los profesionales estudiados. A este respecto, nos parece muy interesante empezar por destacar que, como dice Atking (1996), en su informe para la OCDE, la reforma en nuestro país se ha intentado desde una aproximación sistémica, en el doble sentido de la palabra, por una parte entendiendo que esto significa “que hay muchos elementos en el sistema educativo y que están fuertemente interrelacionados. Cambiar los currículos sin cambiar la formación de los profesores y los materiales curriculares es un empeño fútil. En consecuencia para realizar un cambio educativo significativo es necesario entender cómo están interconectados los elementos del sistema educativo y atender a todos ellos. No cabe esperar cambios fundamentales, ni siquiera cambios menores, sin alterar todos los elementos significativos del sistema educativo de una sola vez. Para cambiar algo hay que cambiarlo todo, “hacer primero todo”. En palabras de una de las figuras clave de las ciencias en California”.

 

               No creemos que haya nadie con responsabilidades en el diseño e implantación de la reforma que no suscriba lo anterior como una de las características de ésta en nuestro país. La pregunta para nosotros es: ¿cómo han percibido y aceptado los profesores las distintas medidas que se proponían al mismo tiempo?

 

               De la misma forma debemos dejar bien claro que desde nuestra percepción de lo que debe ser una aproximación sistémica no suscribimos la afirmación del autor citado, aun considerando la veracidad de la necesidad de cambiar todo, no creemos que para cambiar todo haya que empezar por todo. Precisamente, como veremos en el capítulo que dedicamos específicamente a la teorización sobre el cambio, el conocimiento de las conexiones de los elementos del sistema, así como el de las leyes que rigen su dinámica, es el que permite, en este tipo de aproximaciones, seleccionar los puntos clave sobre los que hay que intervenir para propiciar el cambio.

Vuelve a escribir el autor: “El otro significado de sistémico tiene que ver con forjar las relaciones necesarias entre todas las personas e instituciones implicadas en la mejora del sistema educativo. No sólo juegan un papel los ministros, profesores, educadores y estudiantes, sino también los padres, gran parte de la comunidad, los intereses empresariales e industriales y todas las demás agencias educativas de una país. Un concepto clave de los enfoques sistémicos, no obstante, es que todas aquellas personas e instituciones que trabajan para la reforma educativa adopten una visión común, aceptada por todos, de los que se pretende lograr con la reforma”.

              

Así que para analizar el contexto de implantación de la reforma en el que se ha desarrollado toda la experiencia formativa de nuestros y nuestras comunicantes y de cara a entender el efecto que sobre la formación del profesorado va a ejercer el conjunto de medidas que se toman para poner en marcha la reforma, empezaremos por señalar el  muy importante hecho de que ésta se introduce en el sistema educativo a lo largo de dos etapas bastante bien diferenciadas:

 

En la primera de ellas, la reforma se denominaba a sí misma como experimental, los centros que la experimentaban se adscribieron al proceso de forma voluntaria y se denominaban centros experimentales. Es muy significativo remarcar que en este período se carecía de una normativa específica en cuanto a textos, directrices, etc., e incluso era relativamente frecuente que el profesorado en aquella época comentase que las únicas directrices que les daban era que no utilizaran libros, trabajaran en grupos y que los alumnos realizasen actividades manipulativas o que significaran actividad física. Desde la perspectiva de lo afirmado por el autor citado anteriormente, en ese momento se cambiaban pocas cosas y sobre todo se hacían con una alto grado de participación de los profesores implicados. Según Sáez (1996), “la mayoría de los centros que se adscriben lo hacen por una componente ideológica, son gente que antes de empezar el proceso ya estaban concienciados de la necesidad de cambiar, y ya lo habían manifestado explícitamente mediante adscripciones a movimientos de renovación pedagógica, escuelas de verano, etc. ...”. No es de extrañar que, a pesar de las demoledoras críticas que se han hecho a la falta de experimentación seria del proceso de reforma, por ejemplo Moreno (1996), los profesores que entonces participaron en el proceso estuvieran en general bastante satisfechos con éste.

 

Pero es que, además y como constataremos más adelante con los testimonios de nuestros informantes, el período de experimentación de la reforma fue una época en que la innovación educativa estaba relativamente bien vista incluso en los centros escolares que no participaban en ella, gozando los profesores innovadores de una libertad de acción que la segunda etapa ha recortado en la práctica, en lugar de ampliarla como hubiera sido lo deseable.

 

Sigue Sáez: “En la segunda etapa se promulga la LOGSE, es el tiempo en que la administración cristaliza las leyes, lo que debe ser el cambio estructural y organizativo. Los centros lo viven como un tiempo en el que no se les consultan aspectos que deberán implementar sino más bien lo viven como una imposición de una normativa y de las medidas, que ellos han generado de alguna forma, pero que al haber sido tamizadas y matizadas por el “poder”, no las reconocen y se produce un “impasse” de descontentos, desconcierto y “bajas” del planteamiento político que ha inspirado el cambio”.

 

Evidentemente, en esta segunda fase, cambia todo, cambia al mismo tiempo y además los profesionales pasan a ser ejecutantes de las medidas ministeriales sin tener, prácticamente, capacidad de toma de decisiones propia. Los profesores más innovadores se ven abocados a un exceso de trabajo burocrático que les limita seriamente su capacidad innovadora, además de que el ritmo de implantación, un curso por año con nuevos programas e incluso nuevas asignaturas, supera la capacidad innovadora de cualquiera que, encima, tenga dieciocho o más, horas lectivas.

 

“..tienes reuniones por la tarde, coordinaciones, cada dos por tres te están mandando hacer eh… pues... los criterios de evaluación, no sé qué, no sé cuantos, o sea diseñar el curriculum o el.. como se llame,  el proyecto de centro que cada vez se llama de una forma y entonces pues bueno,  eso te quita mucho tiempo, y te quitan muchos ratos de pensar en otras cosas pues... más de una vez nos hemos acordado: ¡jo, el cuaderno, que tenemos que pensar en lo del cuaderno!,  pero yo estaba pensando que tenía que llevar los criterios de evaluación de bachiller, que tenía que ir haciendo no sé qué...”.

 

Como tenemos una parte del trabajo destinada exclusivamente para discutir el efecto de la reforma sobre la formación del profesorado, dejaremos esta cuestión para centrarnos un poco en otros aspectos de la política formación del profesorado. Veremos que esta formación pasó a depender, a partir del periodo en que se empieza plantear la reforma, desde los ICEs hasta los CEPs, hoy denominados CPRs, el cambio en el modelo de formación se pretendía que acompañara a este cambio en el lugar de formación, los Centros de Profesores fueron creados en 1985, aunque ya desde finales del 84, algunos de ellos como el de Santander empezaron tímidamente sus actividades.

 

Durante el tiempo transcurrido, estos centros han cambiado repetidamente de estrategia formativa e incluso hemos visto que han llegado hasta a cambiar de nombre. Si las estrategias evolucionaron desde aquella basada en la idea de que los CEPs eran un lugar de reunión del profesorado y de dinamización de su propia formación, con lo cual, los CEPs se dedicaron a apoyar grupos de trabajo y estrategias similares, posteriormente este tipo de actividades fueron perdiendo importancia relativa, para ser sustituidas por la ejecución de los planes de formación del profesorado decididos por la administración educativa y la difusión del DCB, el apoyo a grupos pasó a ser una estrategia secundaria y, nosotros creemos, teñida de un cierto “clientelismo”. 

 

No es de extrañar, por tanto, que diferentes figuras hayan ido apareciendo y desapareciendo en la tarea de actuar como pretendidos agentes “facilitadores” de esta formación. Cuando se fundaron los CEPs, estos profesionales se denominaban “profesores de apoyo”, cuya misión estaba poco definida y, en realidad, hacían un poco de todo. Estos profesores durante un tiempo coexistieron, más que convivir, con una figura que apareció posteriormente, profesionales con una pretendida formación específica sobre la formación del profesorado, que se denominaban “Responsables de Área y Ciclo” y “Formadores de Formadores”. Evidentemente, la mezcla de categorías, y de formas de acceder a ellas, en un espacio profesional tan poco definido, fue una mezcla explosiva que terminó cuando todos ellos fueron reciclados o sustituidos por los denominados “Asesores de Formación”. Este “baile” de figuras, junto con otras medidas de política educativa fue retirando de los CEPs a muchos de ellos, creemos que a gran parte de los más capacitados para esta tarea y, además, ha sido contemplado por el profesorado con bastante escepticismo y, creemos, que con creciente descrédito, como también tendremos ocasión de constatar de boca de nuestros informantes.

 

               La última etapa de la formación institucional del profesorado, la marca la puesta en práctica de los planes de formación, coincidente casi en el tiempo con la implantación de los complementos económicos “por formación permanente”, periodo que creemos ha representado una asistencia masiva de profesorado a estos centros, pero con una demanda indiferenciada sobre su formación, demanda que se traduce en la realización de diferentes cursos cuyo contenido apenas parece interesar al profesorado, al tiempo que se produce un abandono de ellos por parte de los profesores más realmente preocupados por su formación.